Estamos en los primeros días de febrero de 2021 y, tal como había previsto la comunidad científica, y cualquiera que aplicara la razón a los hechos conocidos, la situación de la pandemia en nuestro país ha adquirido tintes dramáticos, con elevadas cifras de contagios, hospitales colapsados, sanitarios extenuados y los fallecidos en cantidades tan elevadas que están saturando las funerarias. Volvemos a rememorar lo ocurrido en la primera embestida del virus.
En
este contexto, los acontecimientos son tratados, por unos y otros, con una
resignación similar a la de una catástrofe imprevista de la naturaleza, como si
de un terremoto se tratara. De manera que las actuaciones de las autoridades
políticas y sanitarias suelen ir un paso por detrás del virus, ocupados en
paliar las consecuencias del desastre en lugar de planificar y actuar con
antelación. Condicionados a concentrar los esfuerzos en el ámbito asistencial,
especialmente el hospitalario, para resolver los daños ocasionados, al tiempo
que se descuida la atención primaria y los aspectos preventivos. Prevención
que, durante las navidades, se ha limitado a decirnos de manera persistente lo
que, aunque se nos permitía, no debíamos hacer. Dejando al arbitrio y la
responsabilidad de cada persona su cumplimiento.
Sin
embargo, la actuación por parte de los gobernantes ante la pandemia en estos
momentos, no puede ser comparable a la producida ante un desastre natural
imprevisto, pues lo que nos está ocurriendo se sabía con la antelación
suficiente para haberlo evitado, sino en su totalidad, en gran medida.
Si
en marzo del 2020, no teníamos ni idea ante lo que nos enfrentábamos, y cuando
empezamos a ser conscientes de la gravedad del problema nos encontramos con
escasez de recursos, tanto materiales para la protección de los profesionales
como para el tratamiento de los enfermos, es razonable considerar que se actuó lo mejor que se pudo o se supo, con
aciertos y errores. Sin embargo esta presunción de inocencia no es aplicable a
lo que está ocurriendo en estos días, ya que desde distintos organismos de
salud se alertaba de las consecuencias de no tomar medidas extremas durante las
fiestas navideñas que, de no hacerse, preveían unas 20.000 muertes extras en
nuestro país durante los meses de enero y febrero. Previsiones que, por
desgracia, se van cumpliendo.
A
principios de diciembre, tras diez meses de pandemia, ya teníamos conocimientos
suficientes sobre el virus para tomar las medidas convenientes. Sabíamos que es
altamente contagioso, que se transmite principalmente entre las personas por vía
aérea mediante aerosoles y gotitas de
flugge, y que las temperaturas
invernales propician el contagio al provocar agrupaciones en espacios cerrados.
A lo anterior, se añade la aparición de una variante que, en el mejor de los
casos es 70% más contagiosa y en el peor, que además, puede ser más lesiva. Si con
este escenario favorable al virus, en vez de actuar en consecuencia poniendo
limitaciones, lo que hemos hecho es darle más facilidades, al permitir la movilidad
y reuniones familiares en Navidad, tendremos todos los ingredientes para
predecir, sin ser ningún lumbreras, lo que está ocurriendo, tan fácil como ¡blanco
y en botella!
Sin
embargo nuestros gobernantes, con las Comunidades Autónomas a la cabeza en la
toma de decisiones tal como exigían en los primeros meses de pandemia como
requisito imprescindible para solucionarla, siguen tan preocupados como incapacitados
para tomar las medidas necesarias. Instalados en la queja al gobierno como
actividad principal, ahora por dejarlos decidir. En sus, lamentables y
tediosas, comparecencias siguen mostrando su preocupación y advirtiendo que de seguir así tendrán que tomar drásticas
medidas, sin aclarar hasta donde podemos llegar antes de que las tomen y que
tipo de medidas. Todo queda pospuesto a la socorrida reunión con los respectivos
“expertos”. Ejemplarizando una conducta de auténticos procrastinadores, ante
unos problemas que necesitan lo opuesto, es decir, mensajes claros, actuaciones
rápidas y “no dejar para mañana lo que se debe hacer hoy”.
Con
los datos que teníamos a principios de diciembre y ante la perspectiva de poder
iniciar la campaña de vacunación a finales de ese mes. ¿Qué medidas debieron
tomarse?
En
mi opinión, se tendría que haber implantado un confinamiento de 2-3 semanas
similar al de marzo con lo que, esperando obtener los mismos resultados, y no
se me ocurren razones para pensar otra cosa, hubiésemos llegado a final de
diciembre con una prevalencia poblacional reducida y, consecuentemente un
sistema sanitario libre de presión asistencial por Covid, tanto en hospitales
como en atención primaria.
En
este escenario, bastante más deseable que el actual, además de haber evitado
las decenas de miles de muertos, los profesionales y los centros sanitarios
estarían en mejores condiciones para vacunar a la población. También se hubiese
disminuido el riesgo de que durante el proceso de vacunación, los vacunados se
infecten antes de desarrollar la inmunidad, algo bastante factible en el
contexto actual.
Que
otros países de nuestro entorno estén pasando por una situación similar, no
justifica la mala actuación de quienes teniendo capacidad para tomar decisiones
han tomado las equivocadas que nos han traído hasta aquí. No nos sirve recurrir
al dicho “mal de muchos…” pues sabemos a quienes consuela.
En
contraste con lo anterior, que suele ser lo que transmiten los medios, tenemos
países en los que la pandemia está siendo bastante controlada. A fecha de 2 de
febrero, según la página donde se publican los casos de Covid en cada país, en
Japón con más de 126 millones de habitantes y unas 350.000 afectados, solo algo
más de 6,000 las personas fallecidas, en Noruega con 5,4 millones de habitantes
son 582 los muertos, Australia con 25 millones no llegan a 1000 y Nueva Zelanda
con 5 millones solo se han contabilizado 25 fallecimientos, etc. España con 47
millones, hemos superado los 60.000 muertos. ¿Por qué estas diferencias? No lo
sabemos, porque ni se informa, ni se investiga. ¡Qué interesante ocasión para
un periodismo de investigación!
En
una sociedad como la nuestra, con una importante desconfianza y desafección
hacia los gobernantes, se sabe que las restricciones que se consideren
necesarias solo se cumplirán si lo son por obligación legal y no meras
recomendaciones. Sin embargo durante las navidades se ha recurrido a las
recomendaciones en detrimento de las obligaciones, y así hemos estado hasta que
los contagios, los enfermos y muertos han saturado hospitales y funerarias. Siempre
un paso por detrás.
Si
a la brecha de recelo mutuo entre gobernantes y gobernados, le añadimos la
división social y política, con un enfrentamiento cainita entre partidos
políticos y administraciones, cuando
necesitamos el entendimiento y la acción conjunta, para poder superar los retos
planteados por un problema, que no debería tener color político, como es la
pandemia, lo sorprendente sería obtener buenos resultados.
Si
no somos capaces de aprender de los errores, estaremos condenados a repetirlos
una y otra vez, lo que en una situación de este tipo no podemos ni deberíamos
permitir. Preocupa que, cuando aún no hemos terminados de enterrar a los
muertos de la Navidad, se oigan voces pidiendo ¡salvar la Semana Santa!
En nuestras manos está remediarlo. Podemos seguir resignados y anestesiados delante del televisor o levantar la voz y exigir a los responsables políticos, desde el Rey hasta el Concejal del último pueblo, que consideren esta crisis un problema de Estado y actúen en consecuencia, trabajando conjuntamente y utilizando la ciencia y la ética como herramientas para frenar la pandemia.
Parafraseando
para la ocasión a mi querido amigo Julio
Anguita: “No me preocupa los
errores del poder, lo que me aterra es el silencio del pueblo”. O lo que es peor,
el griterío
de la masa instalada en la queja, sin otro fin que dañar la democracia,
en nombre de la libertad.
Resulta muy difícil de entender. Nuestros gobernantes sabían lo que iba a pasar. Y sin embargo, lo han consentido. Tiene que haber akguna explicación. No me cabe en la cabeza .
ResponderEliminarPienso como tú. Lo que me gustaría saber es que puede ser tan importante que justifique tanto sufrimiento, desgaste económico y personal en salud y, lo más grave, las muertes evitables. En fin, necesitamos respuestas para comprender, y en su caso, compartir o rechazar. Como ves sigo tu consejo de contestar.
ResponderEliminarJajaja. Sí, ya lo veo. Y siendo tan incomprensible para nosotros la actitud de los gobernantes, insistamos también en la más que tibia respuesta de los medios oficiales que no meten los dedos en la llaga exigiendo explicaciones, y, desde luego, en la flagrante irresponsabilidad de buena parte de la ciudadanía, que se ha limitado, en el mejor de los casos, a cumplir lo legalmente establecido. Si me permiten ir de Cádiz a Sevilla ¿por qué coño he de quedarme sin visitar a mis parientes? Pues, allá que voy...
EliminarUn abrazo, amigo.
Lo voy a copiar enterito, querido amigo Antonio, y lo voy a publicar en mi página. Ni te pido permiso. Lo hago. Salud
ResponderEliminarNos estamos acostumbrando a las cifras de muertes, estamos normalizando algo que no es normal. Las víctimas o están muertas o demasiado cansadas para luchar contra el sistema. Los medios no dan suficiente voz a las víctimas ni van más allá de difundir los datos oficiales. Los que por ahora nos estamos librando sentimos que esto es un sálvese quien pueda y rezamos para que no nos toque ni el covid ni ninguna otra enfermedad. Yo me he autoconfinado hasta donde me dejan porque a trabajar me obligan a ir cuando en el confinamiento quedó más que claro que de podía teletrabajar con la misma eficiencia. Y lo peor de todo es que como ciudadanos tenemos pocas herramientas para cambiar nada entre elecciones y elecciones. Aparte de dar nuestra opinión en redes sociales ¿qué más podemos hacer?
ResponderEliminarMagnífico, Antonio. Lo comparto casi todo. Se ha hablado de una comisión de investigación imparcial, para aprender de los errores no para señalar culpables (que son siempre los que piensan lo contrario que yo) que es lo que se está haciendo, pero ni está ni se le espera por desgracia. Otra cuestión importante de la que no se habla es el tremendo error que supuso dejar la Salud Publica en manos de cada comunidad autonona y no en el Ministerio de Salud o Sanidad; que por otra parte esta absolutamente descapitalizado, lo que a mi juicio fue el gran problema en la primera ola, que sin embargo no se reconocio. Solo 3.000 empleados, he oído. ¿El SAS cuantos? ¿90-100.00?. Ah!! En lo que no estoy de acuerdo. Sustituirlos a todos, bien ¿pero de golpe? ¿quien los sustituye? Poco a poco. ENH
ResponderEliminarORABUENA
Querido amigo y compañero, estoy de acuerdo con tus observaciones. Lo de cambiar a "Todos" es un grito de rabia mas que una opinión razonada. De todas formas me refiero a quienes ocupan la cúspide de la pirámide, y hay inteligencia, mucha inteligencia diría, en nuestra profesión. En cuanto a lo del Ministerio de Sanidad, tienes toda la razón, por eso valoro muy positivamente la gestión del Ministro Salvador Illa en los inicios de la pandemia, pues recién llegado y en un Ministerio que solo existía en los papeles, vacío de contenido y de personal, se encontró con un marrón que no me gustaría haber estado en su piel. Muchas gracias por tu comentario
ResponderEliminarAún a riesgo de parecer simplista, yo creo que la incapacidad de nuestros gobernantes para tomar decisiones en contra de la economía reside en que, como dice Paco Álvarez (el de "No le digas a mi madre que trabajo en la bolsa"): estamos montados en un "sistema socioeconómico bicicleta". Esto es, un sistema que, entre otras muchas características nefastas, tiene dos especialmente inoportunas en estos momentos de gravísima alarma sanitaria: "si se deja de pedalear, nos caemos". Si se deja de consumir, el sistema se colapsa. Hemos creado un monstruo imparable que nos está arrastrando al desastre. Ahora (para mí) es evidente cómo está condicionando la toma de decisiones invirtiendo la escala de valores para justificar que antes está la economía que la salud y la vida.(o el medio ambiente, o la justicia, o la igualdad, o la solidaridad, etc, etc)
ResponderEliminarEstá muy bien traída la máxima de Einstein sobre la necesidad de "pensar diferente" si no encontramos las soluciones "pensando igual". Si los mercados no nos dejan parar, ni son capaces de evitar las crisis económicas ni las sanitarias, es hora de cambiar el sistema cambiando la forma de pensar.
Gracias, Antonio.
ResponderEliminarY muy cierto: nuestros gobernantes sabían, seguro, lo que iba a pasar. Los autonómicos, los nacionales, los locales, todos. Pero no sólo los gobernantes. Nosotros también. Y,¿qué hacemos? Parece claro (desde mi ignorancia) que la única forma de reducir contagios, es decir
potenciales hospitalizaciones / UCIs, muertes es aislarse lo más posible. ¿Cumplimos con eso de lo más posible? Yo tengo mis dudas. ¿Qué puedo hacer a nivel personal (y digo personal, porque desde una situación como la actual, no veo otra posibilidad de hacer algo que no sea a nivel puramente individual)? Cumplir. Y "predicar" a cualquiera que lo que hay que hacer es lo que hay que hacer. Perdón por la simpleza.
Con respecto a lo de los gobernantes, ¿qué tenemos que hacer hasta que lleguen las próximas elecciones? Porque ese día ya lo se yo.
Por otra parte, el hecho de que haya 17 + 2 espacios con diferentes normas cambiantes cada 2-3 semanas en este país, no se si ayuda algo. Pero creo que no.
Gracias por vuestros comentarios, que comparto y por el Interesante debate entre amigos. El problema, por decirlo en una frase, es que a pesar de que TODOS "sabemos" lo que tenemos que hacer y POCOS lo hacen, y la consecuencia son miles de personas muertas. Esta es la gran tragedia en la que estamos instalados. Lo dicho, gracias por vuestras aportaciones y un abrazo ,
ResponderEliminarApreciado Antonio, compañero. Me ha encantado tu artículo, como todo lo que escribes. Estoy casi totalmente de acuerdo con lo que escribes, aunque disiento en alguna cosa, como es el hecho de que no conocieran lo que se nos venía encima. Si desde finales de diciembre la población general lo sabía, porque lo oían en los medios de comunicación. Es más, en Córdoba el 5 de febrero organizamos sendas conferencias-coloquio sobre el coronavirus nuevo tanto en la Real Academia como en el Rectorado, abiertas a la ciudadanía, en las que comenzamos a difundir conocimiento y prevención sobre este maldito virus. No puedo comentarte con la extensión que quisiera, pero reitero mi enhorabuena por el artículo y estoy totalmente de acuerdo contigo y con nuestro añorado y admirado Julio, en que la POLITICA ha perdido una oportunidad única y que esta enorme crisis en lugar de unir fuerzas, crecer en solidaridad, desechar sectarismos, incrementar el nivel de respeto a los demás, lamentablemente, como muy bien recordabais en el artículo que escribisteis los dos el 17 de mayo de 2020, nos ha vuelto a demostrar que “la política une y ciega”, esto es que nos engarza con los que piensan como nosotros y nos ciega (torpe y brutalmente, añado yo) ante los que piensan diferente. Es muy triste ver que mientras sufre y muere la población, los dirigentes y la oposición (a todos los niveles) emplean su tiempo en otras cosas que nada tienen que ver con lo que nos ocurre, dejando pasar el tren de la oportunidad -que siempre hay que aprovechar en las crisis- de llevar a cabo grandes proyectos en beneficio de la ciudadanía y de la Nación. Pero para eso es necesario que haya políticos de talla con formación, ética y espíritu de servicio a los demás.
ResponderEliminarUn abrazo y espero que pronto podamos encontrarnos.