viernes, 29 de mayo de 2020

y III. Mortalidad por coronavirus.

Mascarillas, pruebas diagnósticas y mortalidad por coronavirus.
En la pandemia causada por el coronavirus el número de personas fallecidas a causa de la enfermedad ha sido uno de los elementos más utilizados por la oposición política para atacar al gobierno de España. La manipulación que desde distintos medios se ha estado haciendo para trasladar el mantra de que el gobierno mentía acerca de estas cifras ha sido descarada y carente de justificación pues no parece que en principio haya ningún responsable de estas muertes que no sea el coronavirus, sin embargo al sembrar la duda acerca del rigor en las cifras puede verse el intento de transmitir la idea de culpabilidad de las muertes hacia el gobierno, creando un estado de desconfianza en la población hacia las informaciones oficiales. 

En un momento con más dudas que certezas ante la terrible enfermedad que nos asola, en el que seguir las recomendaciones que nos dan desde el ministerio es la mejor y única herramienta que disponemos en la lucha contra esta enfermedad, la oposición se dedica a cuestionarla y sembrar el escepticismo. Es lamentable, además de un craso error, que los intereses partidistas de quienes representan la derecha se haya impuesto a la sensatez y protección de la salud de los españoles. El papel de la oposición política de nuestro país en esta crisis sanitaria no solo no ha aportado ninguna ayuda  a quienes se han visto en la responsabilidad de enfrentarse al grave problema sanitario causado por la epidemia sino que se ha convertido en un problema añadido. Instalada en un discurso negativo ante todo, incapaces de aportar soluciones, siendo su única preocupación desde que se inició la crisis el acoso y derribo del gobierno, con tal descaro que incluso han llevado a la practica el dicho marxista ¡de Groucho!: “Estos son mis principios, pero si no le gustan tengo otros”. Así hemos podido ver cómo, a posteriori, reprochaba al gobierno no haber implantado antes el estado de alarma, siendo fácil comprobar en las hemerotecas las declaraciones y conductas que en esos momentos protagonizaban figuras destacadas de la política y medios afines a la derecha, que instalados en la normalidad e incapaces de ver el peligro, como nos ocurría a todos, acusaban al gobierno de alarmismo ante una infección que no suponía riesgo alguno. No quiero pensar la que hubiesen montado si en esos momentos en los que el número de infectados era mínimo y aún no se había producido ninguna muerte, se hubiesen tomado las medidas que se vio obligado a instaurar semanas después ante la evidencia y la gravedad de los acontecimientos que se avecinaban. Como muy bien le dijo el ministro Salvador Illa a la diputada del Partido Popular, si en un momento en que había 416 casos nuevos y 95 fallecidos se niegan a apoyar el estado de alarma quien se va a creer que con 17 casos y ningún fallecido lo iban a hacer. Es pura hipocresía. 
Es fundamental para comprender los datos que se aportan sobre la muerte producida por la infección del Covid-19 tener claros dos conceptos:
-          Tasa de Mortalidad: se calcula poniendo el número de muertes causadas por el virus en el numerador, y el número de personas que viven en el territorio al que nos estemos refiriendo en el denominador (continente, país, comunidad, provincia, etc.). La dificultad de conocer con exactitud esta tasa estriba en la necesidad de saber quiénes de los fallecidos lo han sido a causa de la infección, para lo cual tendríamos que ser capaces de diagnosticar correctamente a todos los infectados, algo que ha sido y sigue siendo imposible.
-          Tasa de Letalidad: en este cálculo el numerador de la tasa sigue siendo el número de fallecidos, pero el denominador es el número de contagiados (diagnosticados) y no habitantes. Este dato nos aporta información sobre la agresividad del agente infeccioso y la capacidad de respuesta del sistema sanitario ante la enfermedad. Está influido por la extensión diagnóstica que se realice. El problema es que no conocemos el número real de infectados, de manera que si la capacidad diagnostica se limita a los pacientes que acuden al hospital, que lógicamente son los más graves, y dejamos fuera los leves o asintomáticos que se quedan en el domicilio, como ha ocurrido en nuestro país al inicio de la epidemia, obtendremos una alta letalidad que no se corresponde con la real.
Si escuchamos lo que de manera clara e insistentemente el director del sistema de emergencias Fernando Simón y el propio ministro de sanidad nos vienen diciendo desde que empezó la pandemia sobre los datos acerca de los fallecidos, no hay lugar para la duda salvo en mentes retorcidas. Siempre han mantenido que las cifras, obtenidas a través de las comunidades autónomas, hacían referencia a lo que de “manera consensuada” y en aras de homogeneidad en los datos a nivel europeo se consideraba “muerte por coronavirus”, consistente en “aquella persona fallecida con una prueba PCR positiva”. Es obvio y también lo han explicado que con esta sistemática quedaban fuera las personas fallecidas por Covid-19 que no hubiesen tenido acceso a la correspondiente prueba, por lo que las cifras aportadas por los distintos países estaban influidas, entre otras cosas, con el número de test realizados. En definitiva que los datos informan de lo que significan, es decir, personas fallecidas por coronavirus con una PCR positiva, y sirven para tener una idea desde la perspectiva epidemiológica del estado de la enfermedad. Para aproximarnos a la mortalidad real necesitamos tener en cuenta, además de los anteriores, otros indicadores como el registro de monitorización de mortalidad (MoMo) que nos informa de la mortalidad global de los últimos años, con lo que podemos comparar la ocurrida en meses similares de años anteriores con la actual y ver la diferencia que sería un indicador indirecto de la posible mortalidad añadida por el virus. De manera que la información está delante de nuestras narices, es pública y solo se necesita preocuparse en estudiarla y sacar las conclusiones. Algo que va más allá de las capacidades de algunos que se llaman periodistas, comunicadores televisivos o radiofónicos y por supuesto de los gurús de las redes. La falta de entendimiento de estos mensajes claros por parte de los políticos de la derecha y sus voceros tiene otro matiz, no se trata tanto de que no se enteren, que es posible, sino que su objetivo es poner en evidencia la gestión del gobierno, aunque para ello tengan que recurrir a la mentira, puesto que, por desgracia, mentir es una manera sencilla para alcanzar el poder dada la credibilidad que poseen quienes ocupan una alta posición entre los que desde su afinidad política conforman el “nosotros”. No es casualidad que sea en la política donde se encuentra más representada la personalidad mentirosa y manipuladora por antonomasia, el psicópata. 
Las pruebas que los investigadores están aportando indican que somos proclives a creernos determinadas mentiras aun cuando existan pruebas patentes de que no son verdad. Nuestra tendencia a engañar y nuestra vulnerabilidad a ser engañados, resultan preocupantes en una época de expansión de las redes sociales en la que la capacidad de la sociedad para discriminar entre verdades y mentiras nunca había estado tan amenazada.
En un momento en que la amenaza de pandemias es real y cada vez más probable, cuando necesitamos buscar las causas, conocer la verdad y estar más unidos que nunca como colectividad mundial para hacer frente a un enemigo común, pues todos vamos en la misma nave, en nuestro país nos dedicamos a usar los muertos como elemento para la disputa del poder político.
Recordemos las clarividentes palabras del premio Nobel doctor Joshua Lederberg: “El microbio que ayer se llevó la vida de un niño en un recóndito continente puede llegar al nuestro hoy y sembrar una pandemia mundial mañana”. Espero y deseo que nos hagan reflexionar y se fomente la unión entre las personas honradas y comprometidas de este mundo por el bien de todos. Algo muy necesario ante las actuaciones tan mezquinas y aberrantes como acudir a un juzgado para achacar la muerte de las victimas del coronavirus al médico que con su honestidad, sabiduría y bien hacer nos ha ido sacando de la epidemia en nuestro país, el doctor Fernando Simón, a quien en lugar de reconocer su inmenso servicio a la patria se intenta destruir su prestigio científico. ¡Qué país!

domingo, 17 de mayo de 2020

Coronavirus y POLÍTICA. ¿Una oportunidad perdida?

Ante el fallecimiento de mi amigo y compañero del Colectivo Prometeo Julio Anguita y en su recuerdo pongo en el blog el último trabajo que elaboramos en colaboración unos días antes de ocurrir el evento cardíaco que finalmente ha acabado con su vida. Muchos proyectos en conjunto se nos han roto, una terrible pérdida emocional e intelectual. Su recuerdo nos iluminará y nos dará energía para continuar aportando nuestras semillas para que brote una sociedad más crítica, solidaria y ética en consonancia con su pensamiento y modo de vida.

Descansa en paz querido amigo.

Como personas interesadas en el estudio de la conducta humana, desde la medicina uno y la política el otro, observamos con preocupación la actitud de los políticos de nuestro país ante la crisis sanitaria desencadenada por el coronavirus. Se puede decir que estamos ante una oportunidad perdida para la “POLÍTICA”, con mayúsculas, en pro del politiqueo en el peor sentido de la palabra. Resulta lamentable que ante una situación de extrema gravedad como la que tenemos, los representantes políticos en vez de unir todas sus energías en combatir la epidemia y sus consecuencias, las utilicen para un enfrentamiento fratricida marcado por el insulto y la descalificación, generando un clima de agresividad y odio que se está expandiendo al resto de la población.
Nos encontramos con un gobierno que, con mayor o menor acierto, intenta hacer frente a una de las situaciones más graves de nuestra Historia, frente al cual tenemos una oposición destructiva cuyo lema parece ser “mientras peor para el país, mejor para nosotros”.En este contexto, resulta interesante echar una mirada a los estudios de psicología social y funcionamiento cerebral para intentar comprender este tipo de conductas.
En 1954, el matrimonio compuesto por los psicólogos Muzafer y CarolynSherifrealizaron un experimento en el que intentaban vislumbrar las causas del odio entre grupos. Se trataba del conocido como “El experimento de Robbers Cave” por el lugar en el que se desarrolló, y cuyo nombre “Cueva de los ladrones” hace referencia a ocupantes “ilustres” como Jesse James o la banda de los hermanos Dalton, que la utilizaron como escondrijo en el siglo XIX. En este lugar aislado, los Sherif introdujeron a 22 niños de 12 años que no se conocían entre ellos y con un nivel de educación similar para realizar un experimento de tres semanas. Se formaron dos grupos que se enviaron a zonas diferentes del parque para que no interactuaran entre ellos, desconociendo cada grupo la existencia del otro.
Pronto se observó que tendían a organizarse para realizar las tareas comunes como hacer una barbacoa, señalar la zona de baños, pintar letreros, ponerse un nombre (Águilas uno y Serpientes el otro), etc., surgiendo la cooperación, la aparición de líderes y la organización jerárquica entre ellos de manera espontánea.
Posteriormente se pasó a la fase de fricción, facilitando el encuentro entre ambos grupos y organizando actividades de competición entre ellos, observándose la aparición de actitudes negativas y hostiles hacia el grupo contrario. Recordemos que la pertenencia a cada uno de los grupos había sido aleatoria, que nadie se conocía previamente y que no existía ningún interés común entre ellos. A pesar de ello, cada uno se consideraba mejor y ridiculizaba al otro, acentuando el sentimiento de identidad grupal y de marcaje territorial. Se trata del  “nosotros y ellos”, sentimientos de tribalismo muy arraigados en nuestros circuitos cerebrales durante miles de años de evolución en los que supuso una necesidad y ventaja evolutiva para la supervivencia.
Finalmente, la última fase consistía en intentar reducir las diferencias que se habían propiciado en la etapa anterior, intentando diluir los límites entre el “nosotros/ellos”. Se utilizaron dos mecanismos: uno consistió en hacer intercambios temporales entre miembros de ambos grupos y el otro en ponerlos a cooperar para conseguir un objetivo que era importante para TODOS, como reparar el tanque que les suministraba el agua de bebida.
Lo que se observó fue que el conocimiento y la relación temporal mediante el intercambio no funcionaban, pues se mantenía la identidad de procedencia y seguían percibiéndose como “extraños”. En cambio, la necesidad de trabajar juntos en un objetivo común que beneficiaba a todos, facilitó que dejaran de verse como rivales y desarrollaran relaciones positivas y de cooperación entre ellos.
¿Qué nos enseña este experimento en relación con la conducta de los políticos de nuestro país ante la crisis del coronavirus?
La primera conclusión del estudio es que cuando los grupos compiten entre ellos para conseguir metas u objetivos, se acentúan los sentimientos de pertenencia a cada grupo y aumenta la hostilidad hacia el otro, surgiendo con facilidad los prejuicios, la discriminación y el sentimiento de ser diferentes (cada grupo se considera en posesión de la verdad y los demás están equivocados). Esta situación se agrava cuando interviene la política, pues los estudios en neurociencia nos muestran que “la política une y ciega”, es decir nos vincula con los que piensan como nosotros y nos ciega ante los que lo hacen de manera diferente.
Trasladados estos datos a la política de nuestro país, nos indican que los partidos (en este caso los de la oposición) no están trabajando en la lucha contra la enfermedad provocada por el virus (tarea que han dejado al gobierno) sino que su objetivo es simplemente electoralista y hacerse con el poder, lo que propicia un escenario competitivo en el que están utilizando, sin escrúpulos y una carencia absoluta de ética, todas las herramientas disponibles para ganar la competición: información manipulada, insultos con ataques y descalificaciones ad hominen, bulos y creación de un estado de hostilidad y odio hacia el gobierno.Todo ello en un intento, desgraciadamente con cierto éxito, de sembrar en la población la idea de que el daño causado por el virus lo ha provocado el gobierno y en especial su presidente, permaneciendo ciegos ante el enorme esfuerzo que el equipo de políticos y técnicos están haciendo para aminorar el impacto en la salud de la población. Un gobierno que, por primera vez ante una crisis, antepone la salud de los ciudadanos a la economía y los intereses de grupos privilegiados.
La segunda enseñanza que se desprende del estudio es que solo cuando somos capaces de trabajar juntos para conseguir un objetivo de interés común, la conducta hostil desaparece, transformándose en colaboración y cooperación capaz de minimizar las actitudes de prejuicio y diferenciación que se dan entre grupos de personas. De manera que no son las diferencias entre las personas las que crean hostilidad entre grupos, sino cuestiones más practicas, como competir o cooperar, lo que determina la naturaleza de las relaciones intergrupales, y a su vez las actitudes, los prejuicios y los sentimientos de los miembros de un grupo hacia quienes pertenecen a otro.
En este sentido la pandemia representaba una ocasión de oro pues, frente a un enemigo común con capacidad para infectar a todos sin distinción de ideología o clase social y del que nadie es responsable de su aparición, los grupos políticos han tenido la oportunidad y la obligación de cooperar en lugar de competir. Lamentablemente para TODOS, han optado por competir en lugar de cooperar.
Aunque solo fuese por el egoísmo de eliminar la amenaza para la salud que el virus supone para el “nosotros parroquial” es decir, el grupo afín, deberíamos intentar reconsiderar las actitudes e intentar buscar la colaboración.
Una manera de hacerlo, apoyándonos en la biología, sería tener alturas de mira y ampliando el círculo del “nosotros” hacer realidad el grito del himno andaluz que exclama: ¡Sea por Andalucía libre (del coronavirus), España y la humanidad!
Afortunadamente en este combate contra el Covid-19 el gobierno, a pesar de estar en soledad con una oposición obstruccionista, negligente y electoralista, va camino de vencer el primer asalto. Sin embargo, resulta preocupante que se mantuviese esta situación de crispamiento y competición política ante el segundo asalto hacia el que nos enfilamos, la llamada fase de “desescalada”, pues las oportunidades para el conflicto se multiplican ante la ambigüedad de múltiples situaciones que la complejidad organizativa provocará.
No perdamos la esperanza pues aún tienen una oportunidad para hacer POLÍTICA, esperemos que la aprovechen y que “la miseria política no nos lleve a una política de miseria”.

Antonio Pintor Álvarez. Médico
Julio Anguita González. Político y profesor.
Colectivo Prometeo
Córdoba 5 de mayo de 2020.

lunes, 11 de mayo de 2020

II. Pruebas diagnósticas. Mascarillas, pruebas diagnósticas y mortalidad por coronavirus.


II. Pruebas diagnósticas.
«Hacer pruebas, pruebas y más pruebas» es la mejor estrategia de lucha contra la COVID-19, aseguraba el Secretario General de la OMS Tedros Adhanom Ghebreyesus en la rueda de prensa celebrada el pasado 16 de marzo. En nuestro país los políticos, especialmente quienes observan desde la barrera, también insisten en hacer pruebas a todo el mundo y, por supuesto los expertos taberniles vociferan desde las redes la conveniencia de pruebas a tutiplén y, lógicamente, estas inquietudes hacen que la población sienta la necesidad y pida  que le hagan “las pruebas”
¿Pero cuál de todas? ¿Qué conviene medir? ¿A quién? Preguntas que no tienen una respuesta fácil al salirse del ámbito determinista en el que solo existe una respuesta correcta (P. ¿Cuál es mi nombre? R. Antonio) para entrar en el de la ambigüedad en el que existen múltiples respuestas posibles y su elección dependerá del objetivo que nos marquemos y de los medios que tengamos. Con respecto a lo primero resulta obvio que el gobierno ha antepuesto la protección de la salud  a otros posibles intereses y entre los medios tenemos las pruebas de las que trataré de mostrar una panorámica de las disponibles. Al igual que ocurre con las mascarillas, estamos ante una situación compleja que requiere el abordaje desde el conocimiento científico-técnico y no desde la emoción intuitiva.
El sujeto protagonista de esta historia es el virus CoV-19. El premio Nobel de medicina Peter Medawar utilizó una acertada e ilustrativa metáfora cuando dijo que un virus es “una mala noticia envuelta en proteínas”. Esta sencilla definición nos servirá de guía para mostrar el mecanismo en el que se basan las distintas pruebas para la detección del virus.
En epidemiologia cuando se habla de pruebas conviene tener claros dos conceptos: sensibilidad y especificidad, que nos informan de la validez de las mismas.
-         Sensibilidad, es la capacidad para detectar correctamente la enfermedad entre los enfermos, es decir, consiste en la probabilidad de que la prueba resulte positiva entre los afectados por el virus.
-         Especificidad, es la capacidad para identificar a los sanos entre quienes están libres de enfermedad, o sea, es la probabilidad de que  la prueba resulte negativa si la persona no tiene la enfermedad.  

La prueba ideal sería aquella que tuviese un 100% de sensibilidad, es decir que diera positivo a todos los que padecen la enfermedad y en consecuencia no hubiese “falsos negativos”; y además tenga un 100% de especificidad, es decir que diera negativo en todos los que no estén enfermos y por tanto no se produzcan “falsos positivos”. Obviamente esta situación ideal no se da en la realidad, ya que una mayor sensibilidad supone una menor exigencia en los criterios diagnósticos y en consecuencia la especificidad se resiente produciéndose un incremento de “falsos positivos”, y viceversa, a mayor especificidad más rigor en los criterios diagnósticos y mayor probabilidad de que aumenten los “falsos negativos”.  Por eso necesitamos conocer las características de cada prueba y la finalidad perseguida para elegir la más conveniente en cada situación.
Las pruebas que se manejan en la actualidad son las siguientes:
  • Pruebas serológicas o test rápidos, tenemos dos tipos: 
 1.-  Las que detectan los antígenos  son pruebas de diagnóstico rápido que se realizan a través de una muestra de mucosa y puede identificar la proteína del virus (la envoltura). Además de ser baratos, permite a los profesionales realizarlas en los domicilios de los pacientes sospechosos de padecer COVID-19. Su parte negativa es la baja sensibilidad que varía entre el 34% y el 80%, según la OMS, por lo que no recomienda su uso.
 2.- Las pruebas que detectan los anticuerpos, es decir la reacción inmunológica del sujeto ante la infección. Existen dos métodos de detección, según se obtenga la muestra por digitopunción o  venopunción, siendo esta última más precisa al permitir tener medidas cuantitativas de la titulación de anticuerpos, incluyendo niveles bajos que pudieran no ser detectables por el test rápido. Los anticuerpos que se adhieren al virus para desactivarlo o eliminarlo son los IgM (inmunoglobulina M) que aparecen a los pocos días de iniciada la enfermedad y los IgG (inmunoglobulina G) que aparecen más tardíamente y permanecen más tiempo. Debido al retraso en la aparición de los anticuerpos no sirve para una fase de diagnostico inicial. La OMS no las recomienda para diagnosticar a un paciente que necesita atención. Su utilidad radica en la capacidad para calcular qué parte de la población ha superado la enfermedad y cuál es susceptible de ser contagiada, lo que tiene interés para entornos concretos y estudios epidemiológicos.
  • Prueba RT-PCR: El nombre se corresponde con las siglas en inglés del método utilizado (transcripción inversa o retrotranscripción (RT) mediante la que se transforma el ARN en ADN necesaria para la reacción en cadena de la polimerasa (PCR, por sus siglas en inglés). Detecta la estructura genética del virus (“la mala noticia”). Es la prueba de referencia y la más sensible pues tiene capacidad para reconocer incluso cantidades ínfimas del patógeno. Está considerado el test más fiable y el prioritario para las autoridades sanitarias españolas porque su fiabilidad es superior al 90%. La prueba detecta la presencia del virus desde el inicio de la infección mediante una muestra extraída de nariz o faringe del paciente. La desventaja, además del precio, es que no nos dice si la muestra contiene virus intactos con capacidad de infectar y que se debe realizar en un laboratorio lo que retrasa los resultados entre 3 y 6 horas.
Como podemos observar cada prueba tiene su indicación y corresponde a los profesionales (epidemiólogos, especialistas en salud pública y clínicos), decidir la más conveniente en cada situación, por ello resulta preocupante, ante el grave problema de salud pública en el que estamos inmersos, la ligereza con que se trata el tema en algunos medios y representantes políticos, señalando lo que debería hacerse sin disponer de la preparación para ello y provocando todo tipo de presiones a quienes tienen la difícil tarea de mostrar el camino a seguir.
En nuestro país, se ha iniciado el desconfinamiento de la población, al tiempo que se ha iniciado por parte del Ministerio de Sanidad un estudio de seroprevalencia (ENE-COVID) para conocer el estado inmunitario de la población mediante una muestra representativa que incluye a 36.000 familias.
En mi opinión el gobierno ha cometido dos errores en el abordaje de este periodo, uno sanitario y otro político.
El sanitario, quizás consecuencia de las presiones por quienes anteponen la economía a la salud, es que deberíamos haber esperado a los resultados del estudio de seroprevalencia antes de ir dando pasos en el desconfinamiento. Por otra parte resulta paradójico que las diferentes autonomías hayan pasado de un clamor general acerca de la carencia de medios (mascarillas, batas, pruebas, etc.) culpando al ministerio y ahora que las necesidades anteriores, no solo tendrían que aumentar sino que habría que añadir la creación de una infraestructura de vigilancia epidemiológica capaz de dar una respuesta rápida en cualquier lugar y momento mediante el incremento de medios y personal, no haya problemas para llevarlo a cabo. Sencillamente no es verdad. Así que una vez iniciada, de manera precipitada, debería imponerse la precaución e ir lentamente, no abandonando “el estado de alarma” hasta tener todos los datos sobre inmunidad poblacional y los recursos disponibles para evitar un rebrote de casos.

El político, quizás sea “un error necesario” en pro de la salud, es no haber cedido la gestión de este periodo a las autonomías, consensuando tanto los criterios para entrar en las distintas fases como aquellos que obliguen a dar marcha atrás, quedando el Ministerio de Sanidad como coordinador y supervisor del cumplimiento de los mismos.  De esta manera se terminaría con el ruido de fondo y peticiones que se hacen con la boca chica al saber de antemano que no se van a conceder por disparatadas, caso de la Comunidad de Madrid, al tiempo que se daría la oportunidad de gestionar su territorio a quienes sí estén preparados para ello. Este escenario ofrecería la oportunidad, otra cosa es que la aprovechasen, de trabajar todos juntos por un objetivo común: la lucha contra la enfermedad y no malgastar energía en disputas partidistas.

sábado, 2 de mayo de 2020

I. Mascarillas, pruebas diagnósticas y mortalidad por coronavirus. Mascarillas

I.                   Mascarillas. 
En estas últimas semanas los españoles hemos pasado de “taberniles entrenadores de futbol” entre los amigos, a “avezados expertos epidemiólogos” capaces de juzgar y denostar las decisiones gubernamentales sugeridas por los profesionales del Comité de Expertos  en Epidemias. En este contexto hablar de mascarillas, pruebas diagnosticas y mortalidad por coronavirus se han convertido en temas de acalorado debate, la mayoría de las veces para criticar las decisiones del gobierno de España. Eso sí, desde el patriotismo y la “marca España” y con los conocimientos adquiridos en redes y medios de desinformación audiovisual, al no estar disponibles sus habituales templos del saber, los bares.
Aún a riesgo de no estar a la altura de los conocimientos taberniles me gustaría aportar mi granito de arena por si sirve de ayuda en el cuidado de la salud. 

Sin embargo antes de entrar en materia, y en consonancia con lo dicho anteriormente, me parece oportuno comentar lo ocurrido en el Congreso de los Diputados, símbolo de la democracia, donde el jefe de un partido neofranquista ha señalado a Hungría como ejemplo de gobierno eficaz en el suministro de mascarillas a la población y no como el suyo, España. Dando una noticia falsa para intentar desacreditar a nuestro gobierno, alabando al húngaro, que aprovechando la crisis del coronavirus ha acentuado la deriva antidemocrática en la que estaba inmerso al aprobar una ley que le permite alargar indefinidamente el estado de alarma; en contraste con el nuestro que lo solicita a los representantes de la nación cada quince días. ¡Y este es el modelo de gobierno que nos propone sin rubor y mintiendo en el Congreso!
Pasemos al tema de esta primera entrega de la trilogía: las “Mascarillas”.
Palabras como mascarillas FFP2 estándar, quirúrgicas o incluso de fabricación casera, han invadido las conversaciones y los medios a raíz de la pandemia de COVID-19.
Aunque intuitivamente podamos pensar que actúan como un tamiz, la realidad es muy diferente. Cuando tosemos, estornudamos, hablamos o simplemente respiramos, exhalamos partículas de distintos tamaños. Por lo general, al toser y estornudar se expulsan gotículas de agua (gotitas de flugge) que son de mayor tamaño y más pesadas, mientras que al respirar o hablar se producen en forma de aerosol que tienen menos de 5 micrómetros de diámetro (micrómetro=millonésima de metro). Ambas partículas, de agua y de aire, se evaporan con rapidez y pueden liberar al aire bacterias (con un tamaño típico de entre 0,5 y 5 micrómetros) y virus (de entre 0,02 y 0,3 micrómetros).
Las partículas de mayor tamaño caen al suelo con rapidez. Las más ligeras, en cambio, permanecen en suspensión. Partículas con un diámetro de 20 micrómetros, con el aire en calma, pueden tardar unos 4 minutos. Tiempo que se multiplica por cuatro cada vez que el tamaño se divide entre dos. De manera que, las partículas con un diámetro de 5 micrómetros pueden permanecer más de una hora en suspensión y las del COVID-19  que tienen 0,1, en teoría, podrían estar alrededor de mes y medio si no tuviésemos en cuenta otros factores ambientales y sin que ello signifique que tenga capacidad de infectar. Así la Organización Mundial de la Salud (OMS) sostiene que la evidencia de ARN vírico “no es indicativo de un virus viable que pueda ser transmisible”.
Desde que comenzó la pandemia existe el debate sobre si el virus puede viajar por el aire, es decir en forma de aerosol, algo que resulta de gran importancia para el asunto de las mascarillas. Algunos científicos no tienen dudas de la capacidad de transmisión aérea del SARS-CoV-2 a través de aerosoles, afectando a las personas tanto si están cerca como lejos de su fuente de procedencia. A lo que se le añade un mayor riesgo de contagio al poder producirse al hablar o respirar ante alguien, lo que hacemos de frente y, en cambio, cuando tosemos o estornudamos solemos volver la cara o nos protegemos con el brazo.
Aunque queden muchas lagunas por resolver lo que sí parece aceptado es que la duración de la exposición es un factor importante, de manera que si te encuentras cerca de alguien infectado, compartiendo el mismo espacio aéreo durante 45 minutos, vas a inhalar suficiente virus para que se produzca una infección. A pesar de las dudas y aplicando el principio de precaución la población general debería evitar las multitudes y usar mascarillas con el fin de reducir el riesgo de exposición al virus en el aire.

Mecanismos de captura
El primer mecanismo de filtrado que nos viene a la mente es el de un tamiz: como en un colador de cocina, en el que solo las partículas con un tamaño inferior al de los agujeros pasarían a través de la mascarilla. El problema es que estamos ante partículas tan pequeñas que obligarían a que el tamaño de los agujeros fuese tan reducido que haría imposible respirar a través de ellos. Afortunadamente la física nos aporta otros mecanismos que permiten atrapar partículas de todos los tamaños sin necesidad de que el tamaño de los agujeros sea inferior al de las partículas a filtrar.
Las mascarillas suelen presentar una fina capa de fibras no tejidas, sino entrelazadas. Cuando una partícula, arrastrada por el aire a través de la mascarilla, choca con una de esas fibras, se adhiere a ella permanentemente gracias a las llamadas fuerzas de Van der Waals.
Lo primero que necesitamos entender es como se pueden producir las colisiones entre partículas y fibras. El flujo de aire, en estas escalas, depende de la viscosidad y es laminar, de manera que al acercarse a una fibra, las líneas de flujo de aire se separan, la rodean, y finalmente se unen de nuevo entre sí tras ella.
En una primera aproximación, podemos suponer que las partículas transportadas por el aire (compuesto a su vez por micropartículas más pequeñas) siguen dichas líneas. Si la brecha entre  la fibra y la línea de flujo que transporta la partícula es menor que el radio de esta última, la partícula golpeará la fibra y se adherirá a ella. Este proceso se conoce como captura por intercepción, y se produce en las partículas de tamaño mediano.
Sin embargo, cuando las partículas son de gran tamaño no siguen las líneas de flujo de aire, sino que presentan una gran inercia debido a su masa. Al igual que un coche que avanza demasiado rápido en una curva, en lugar de rodear la fibra a la par que el aire, estas partículas continuarán «en línea recta» y chocarán contra ella. Este fenómeno se denomina captura por inercia. Por último, las partículas muy pequeñas tampoco seguirán las líneas de flujo, sino que se verán sometidas a un desplazamiento aleatorio como consecuencia de los impactos producidos en ellas por las moléculas de aire en permanente agitación térmica, y que constituye el llamado movimiento browniano. Al describir trayectorias erráticas, cuando pasen cerca de una fibra, podrán difundirse y adherirse a ella. Al contrario de lo que ocurre con la captura por inercia, cuanto menor sea la partícula (caso del virus) y más lento el flujo, mayor será el efecto de la captura por difusión.
Al comparar todos estos fenómenos, puede comprobarse que la eficiencia de un filtro resulta mayor para las partículas muy pequeñas o muy grandes, y menor para las de tamaño intermedio.
Tipos de mascarillas
En la práctica, la parte filtrante de las mascarillas suele estar compuesta de fibras de polipropileno con un diámetro de unos 5 micrómetros. La eficacia del filtrado depende del espesor del filtro: cuanto más grueso sea, mayor será el número de eventos de captura descritos. No obstante, un filtrado eficaz debe enfrentarse a dos problemas: por un lado, dificulta la respiración; por otro, si la mascarilla no se encuentra perfectamente ajustada a la cara, el aire entrará por el espacio adyacente a los bordes. Así pues, la elección de la mascarilla adecuada plantea necesariamente un compromiso entre varios requisitos: calidad del filtrado, facilidad de uso y comodidad del portador.
De manera genérica se consideran dos tipos de dispositivos:
Ø  Las mascarillas quirúrgicas, cuyo principal cometido es evitar que las grandes partículas emitidas por el portador, como las gotas de saliva (gotitas de flugge), se dispersen al medio. Están diseñadas para proteger de dentro hacia fuera. Estas mascarillas no buscan filtrar las pequeñas partículas presentes en el aire (aerosoles); de hecho, su eficiencia al respecto es muy pobre, sobre todo por el paso del aire por los bordes, al no presentar un buen sellado. Aunque no son eficaces en los casos de contacto prolongado con pacientes, pueden serlo en otras circunstancias, ya que bloquean las gotículas de saliva en ambos sentidos y evitan que nos toquemos la cara con las manos.
Ø  Otro tipo de dispositivo son las mascarillas filtrantes o «respirador protector» que se califican de EPI (Equipos de Protección Individual). Estos reciben el nombre genérico de FFP, por las siglas en inglés de «pieza facial filtrante» (filtering face piece), al que acompaña un número que indica el grado de filtrado. Estos respiradores sí están diseñados para filtrar el aire y reducir el número de partículas y gérmenes que inhala el portador. Se dividen según la protección del filtro en FFP1, FFP2 y FFP3 filtran, respectivamente, el 78, el 94 y el 99 por ciento de las partículas con un diámetro medio de 0,06 micrómetros, al tiempo que las fugas del aire inhalado son menores del 22, el 8 y el 2 por ciento respectivamente. Esto requiere que se ajusten bien a la cara, lo que suele conseguirse con dos gomas elásticas alrededor de la cabeza y un clip en la nariz. Solo las FFP2 (indicadas en situaciones de bajo o moderado riesgo) y las FFP3 (cuando el riesgo sea alto) equivalen a la N95 que es la homologada que recomienda la OMS para el coronavirus. Con todo, para lograr un filtrado eficiente las mascarillas deben ser gruesas y ajustadas, lo que ofrece resistencia al paso del aire y requiere un esfuerzo respiratorio, provocando fatiga y dolor de cabeza cuando el uso es prolongado. Por ello, algunas se encuentran equipadas con válvulas que facilitan la exhalación. 
Ø  Recientemente se han recomendado el uso de “mascarillas higiénicas o de barrera” indicadas en personas sin síntomas que no puedan usar los tipos anteriores por dificultad personal o escasez. No son de uso médico y se utilizan en lugares donde se prevean aglomeraciones y siempre de manera complementaria a las medidas de distanciamiento.
En conclusión tenemos que para evitar el paso de aerosoles cargados de patógenos, una mascarilla debe tener una capa filtrante lo suficientemente gruesa, ha de ajustarse bien a la cara a fin de que el aire no entre por los bordes (algo que sí sucede con una simple mascarilla quirúrgica), y en caso de portador varón para un sellado eficaz, debería estar afeitado.
Siendo su uso temporal, durante unas horas como máximo y luego deben desecharse, aunque se están desarrollando equipos de desinfección con rayos ultravioleta C, que permitirían su reutilización. Una manera de comprobar la eficacia de filtración es echar un poco de agua sobre la mascarilla y ver si se filtra o intentar apagar una cerilla con la mascarilla puesta.
Como norma general, se debe recomendar el uso de la mascarilla a todo el mundo, pues en ese caso la protección es doble y bidireccional. Sin embargo esa recomendación solo debe hacerse una vez que se haya asegurado el suministro para los sanitarios, las personas con síntomas y la población más vulnerable, como los ancianos.

Como podéis observar los criterios no son homogéneos y deberán adaptarse a las circunstancias de cada lugar en función de la actividad que se realice, del número de afectados y la disponibilidad de material y del tipo de éste.