sábado, 10 de diciembre de 2016

Derechos Humanos y Medioambiente

El 5 de diciembre de 2013, hace ahora tres años, más de cien grandes ciudades chinas se cubrieron de una pesada cortina de contaminación. La visibilidad se redujo a pocos metros, provocando importantes alteraciones del tráfico y obligando al cierre de los colegios y edificios públicos. La concentración de partículas superaron el nivel  máximo de seguridad recomendado por la Organización Mundial de la Salud (25 microgramos/m3) en más de 24 veces en Shanghái y más de 40 en Beijing. A esta situación se le ha denominado “airpocalypse”  para subrayar el coste catastrófico, incluso en vidas humanas de aquella emergencia. En un estudio publicado en la revista médica The Lancet el número de muertes a causa de la contaminación en el continente asiático –añadiendo a los de China, los producidos en India y la península de Indochina- superan los dos millones anuales. Estados Unidos que históricamente ha tenido el dudoso honor de liderar el ranking de países contaminantes, ha sido superado por China que ha pasado de 21 millones de toneladas en 1950 – cuando los EEUU andaban por cerca de 700 millones- a superar los 2000 millones en la actualidad. India, con unas magnitudes menores, sigue una trayectoria similar.
También en diciembre -el 10 de 1948- hace ahora 68 años, se adoptó y proclamó por la Asamblea General de las Naciones Unidas la Declaración Universal de los Derechos Humanos, con la loable intención de crear las condiciones que evitaran guerras tan terribles como las producidas en las últimas décadas. Parece lógico que se enfocaran en la defensa y cuidado de las personas, subrayando la importancia de la dignidad intrínseca de éstas como base para la libertad, la justicia y la paz, que habían sido aplastadas por los regímenes nazis y fascistas de Alemania e Italia respectivamente. A pesar de haber sido asumidos teóricamente por las naciones integrantes de la ONU, siendo  incluidos en numerosas bases legislativas de los diferentes estados nacionales…  se incumplen de forma sistemática, peligrosa y progresivamente con mayor frecuencia e impunidad. De manera que, antes de haber sido capaces de solucionar los aspectos de convivencia entre los seres humanos, nos hemos encontrado con un problema añadido de una gravedad extrema, el calentamiento global del planeta, como consecuencia de la exagerada contaminación medioambiental que estamos produciendo y que nos lleva al desastre y al exterminio de la vida en la Tierra tal como la conocemos en la actualidad.
Si conseguir un mundo en el que se respeten los Derechos Humanos es una meta deseable y tenemos que seguir trabajando en ello. Resulta dramático comprobar que si continuamos por la senda del crecimiento sostenido como fórmula  para que las naciones prosperen, según proclaman con alegría los gobernantes actuales, además de ser falso, nos lleva a la destrucción de nuestro hábitat. De ahí la necesidad de incluir la protección medioambiental. Por ello en el año 2000 se lanzó la llamada “Carta de la Tierra”, proclamación internacional en la que se afirma que la protección medioambiental, los derechos humanos, el desarrollo igualitario y la paz son interdependientes e indivisibles.
Quienes defienden el crecimiento del Producto Interior Bruto como indicador de la “buena” evolución económica del país –caso de España y resto de la Unión Europea- siguiendo el cínico lema “Crece ahora, y después preocúpate de los pobres”, se apoyan en la creencia dogmática de que la creación de riqueza beneficia a “todos” y que los efectos colaterales, como la contaminación y la desigualdad, son transitorios gracias a la mejora tecnológica y al “goteo de arriba hacia abajo” de la riqueza. Para fundamentar estas creencias se apoyan en la curva que Simón Kuznets – Premio Nobel de economía en 1971- , utilizó para reflejar los resultados del estudio del ciclo económico a largo plazo que caracterizó a los países de primera industrialización en relación con la desigualdad económica, sin pretender que tuviera un valor predictivo y mucho menos prescriptivo, pues solo era un estudio descriptivo. A pesar de ello la llamada “Curva de Kuznets” es utilizada por la ideología neoliberal para explicar las bondades del crecimiento del PIB, ya que aunque en una primera fase, nos dicen, cause desigualdad en lo económico y contaminación en lo ambiental, conforme el crecimiento progresa llegará a un punto de inflexión a partir del cual ambos fenómenos-desigualdad y contaminación- irán descendiendo como corresponde a la imagen de una curva de campana en forma de U invertida, en la que en el eje horizontal se refleje el PIB y en el vertical el índice de desigualdad (GINI) o la contaminación ambiental, según el problema que estemos analizando. Lamentablemente, al igual que en otras afirmaciones de la ideología neoliberal, solo son creencias dogmáticas sin base empírica en la que apoyarse, pues los hechos nos cuentan una historia opuesta.
El Articulo 25 de la DDHH dice que: “Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado…”. Sin embargo aunque la riqueza a nivel mundial ha aumentado exponencialmente, ello no ha supuesto una distribución equitativa de la misma, como predice la “teoría del goteo hacia abajo”. La brecha entre ricos y pobres se ha hecho mayor en los últimos treinta años, precisamente cuando se han aplicado las políticas neoliberales, como muestra el informe de Oxfam presentado en enero de 2014 en la cumbre de Davos, según el cual las 85 personas más ricas del mundo poseen una riqueza superior a más de la mitad-3.500 millones- de la población mundial más pobre. Incluso en los países tradicionalmente más igualitarios, como Suecia y Noruega, la porción de riqueza ha pasado a los más ricos en una porción superior al 50%. No solo no hay “goteo hacia abajo” sino que se está produciendo una “aspiración hacia arriba” de la riqueza.
En cuanto al impacto medioambiental, tenemos a China e India como ejemplo de países emergentes más destacados en los aspectos económico y demográfico, en los que el punto de inflexión, al igual que el punto G, solo aparece en la imaginación de los gobernantes, siendo desmentido una y otra vez por los hechos. A pesar de ello los organismos internacionales lo han convertido en un dogma que les sirve de coartada para justificar el traslado sistemático, masivo y destructivo de los procesos de producción más tóxicos desde las tradicionales economías desarrolladas a las periféricas que aún no están “saturadas”.
En conclusión podemos afirmar que la aplicación de las políticas neoliberales nos lleva a un retroceso de los Derechos Humanos Universales aumentando la desigualdad entre ricos y pobres, al tiempo que provoca un aumento del deterioro medioambiental, situaciones que los seres humanos no podemos permitirnos si no queremos abocar a la  autodestrucción.
                                                                                         Córdoba 10 de diciembre de 2016

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