jueves, 19 de febrero de 2026

El cerebro en el amor. (Continuación) ¿Por qué el amor romántico desaparece y cómo pasar al amor de compañeros o del apego?

 

La respuesta está en la sinfonía química que subyace en ambos procesos y la actividad cerebral que provoca.

La principal función de nuestro cerebro no es pensar como solemos creer, sino gestionar la alostasis, proceso que describe la capacidad de “predecir” y prepararse automáticamente para satisfacer las necesidades energéticas del cuerpo antes de que estas surjan y realizar de manera eficiente movimientos que compensen el gasto energético para sobrevivir.

Resulta que uno de los factores inherentes al hecho de ser una especie social es que regulamos mutuamente nuestros presupuestos corporales, es decir, las diversas formas en que el cerebro gestiona los recursos corporales que utilizamos diariamente.

Durante toda nuestra vida hacemos “ingresos” y “reintegros” de distintos tipos en los presupuestos corporales de otras personas, al tiempo que ellas hacen lo mismo con nosotros. Gracias a la propiedad cerebral de la plasticidad, cualquier interacción con otras personas provoca un cambio en las conexiones neuronales. Todos dependemos de otras personas que contribuyen a la estructura y función de nuestro cerebro, ayudando a que éste mantenga funcionando nuestro cuerpo. De ahí la importancia de las personas que nos rodean en general y a las que queremos en particular. Existe una sincronía con efectos mensurables en la respiración y los latidos cardiacos de una persona con otra, tanto si existe vinculo amoroso como si son desconocidos. Nuestros cerebros colaboran en secreto entre ellos.

Predecimos, con aciertos y errores, constantemente qué va a pasar y nuestro cerebro está programado para anhelar lo inesperado y mirar al futuro, donde podemos vislumbrar el inicio de cualquier posibilidad emocionante. Cuando lo que sucede es mejor de lo esperado, estamos ante un error de predicción de recompensa positivo, es decir cuando estamos ante un superávit entre lo esperado y lo obtenido. Este error feliz, la emoción ante la buena noticia inesperada o incluso la sola posibilidad de que ocurra, es lo que pone en marcha la dopamina.

Un concepto fundamental para comprender la relación de la dopamina con el amor, lo aportó el neurocientífico australiano John Douglas Pettigrew al esclarecer cómo el cerebro crea un mapa tridimensional del mundo. Descubrió que el cerebro gestiona el mundo exterior dividiéndolo en regiones separadas: cerca y lejos, que denominó como la peripersonal y la extrapersonal.

El espacio peripersonal comprende lo que está al alcance de la mano, todo lo que podemos controlar en este instante con las manos. Es el mundo real, el aquí y ahora. El espacio extrapersonal se refiere a todo lo demás: todo lo que necesitas desplazarte para alcanzarlo. Es el ámbito de lo posible, del futuro y requiere tiempo. De manera que, la característica que define las cosas del espacio extrapersonal es que llegar a ellas requiere esfuerzo, tiempo y, muchas veces, planificación. Por el contrario, cualquier cosa en el espacio peripersonal se puede sentir aquí y ahora. Son experiencias inmediatas, como tocar, saborear, coger, apretar, sentir felicidad, tristeza, rabia y alegría. Estaríamos ante el “yo que experimenta”, mientras que el espacio extrapersonal forma parte del “yo que fantasea”.

Desde una perspectiva evolutiva la separación entre lo que tienes, cuando nos referimos a cosas tan esenciales para la supervivencia como comida, agua, refugio, herramientas, etc., es tan básica e importante, que en el cerebro evolucionaron de forma separada las sustancias químicas y los circuitos para gestionar el espacio peripersonal y el extrapersonal.

Las sustancias químicas que controlan en el cerebro el espacio peripersonal son las del aquí y ahora: serotonina, testosterona, oxitocina, vasopresina, endocanabinoides, endorfinas.

Cuando el cerebro interactúa con el espacio extrapersonal, sobre las cosas distantes que aún no tenemos y no podemos usar o consumir solo desear, se impone sobre las demás la sustancia asociada a la expectación y la posibilidad, la dopamina, que tiene una labor muy específica: aprovechar al máximo los recursos de los que dispondremos en el futuro, la búsqueda de cosas mejores.

Podemos decir que nos encontramos con dos formas diferentes de lidiar con los aspectos de la vida: lo que tenemos y lo que deseamos.

Trasladándonos al tema que nos ocupa, diremos que encontrar el amor requiere habilidades distintas a las necesarias para conseguir que éste dure.

Hemos visto las sustancias que intervienen en la sinfonía química de la relación sexual, todas ellas presentes y relacionadas entre sí, aunque, al igual que en una orquesta, el protagonismo cambia según la partitura.

La melodía comienza con el impulso sexual indiscriminado protagonizado por la testosterona. Si se concreta en una persona especifica tomará el mando la dopamina que es la diva del amor romántico, entrando en escena los circuitos del “yo que fantasea”, que necesitan para ser estimulados cualquier cosa que sea resplandeciente y nueva, independientemente de la situación en que se encuentre. La dopamina, como molécula de la ilusión, siempre quiere más y que sea nuevo, es una molécula inconformista que nunca está satisfecha con lo que tiene. Es uno de los incitadores del amor, la chispa que enciende todo lo que viene después.

Si se consuma el acto mediante el orgasmo, estamos ante una experiencia del aquí y ahora con las endorfinas y otros neurotransmisores del presente colaborando para detener a la dopamina. El “yo que experimenta” intenta tomar el mando frente al “yo que fantasea”, es decir pensar menos y sentir más, para ello reduce la activación de zonas dopaminérgicas relacionadas con la conducta como la corteza prefrontal lo que relaja el control y facilita la activación de los circuitos del aquí y ahora necesarios para alcanzar el clímax sexual.

Podemos decir que la dopamina te lleva a la cama y después se interpone, pues cuando pasa la novedad pierde interés por la persona amada. La novedad que provoca la activación de dopamina y los efectos apasionados de ésta no dura eternamente. Parece que, en los humanos, según Helen Fisher la duración está entre 12 y 18 meses.

Cuando esto ocurre llega el momento de elegir entre pasar del amor romántico apasionado a un amor que se alimenta del aprecio diario por la otra persona en el aquí y ahora o poner fin a la relación y volver a empezar una nueva.

Si elegimos el apego o amor de compañero, tenemos que pasar de una experiencia extrapersonal a una peripersonal, de buscar a tener, de algo que deseamos a algo que tenemos que cuidar. Pasar del sistema dopaminérgico, sobre el que se sustenta el amor romántico, al sistema del aquí y ahora, dando protagonismo a las sustancias químicas que lo hacen posible: serotonina, oxitocina, vasopresina, endocanabinoides y endorfinas.

El amor duradero pone más el acento en la experiencia que en la expectación, se pasa de la fantasía de que todo es posible y maravilloso al compromiso con la realidad y todas las imperfecciones. Se trata de una transición difícil, y cuando ante una dificultad se nos ofrece una salida fácil solemos cogerla. Se necesita madurez para pasar del yo fantasioso” al yo experiencial” y no siempre se tiene.

Sin embargo, cuando se consigue dar el paso, aunque la relación no apasione tanto como lo hace la dopamina, tiene el poder de brindar felicidad, una felicidad prolongada que basada en los neurotransmisores del aquí y ahora consiguen que encontremos placer y satisfacción en la cotidianidad de la relación con la persona amada sin desear cambiar.

Helen Fisher concluye que el ser humano no ha evolucionado para ser feliz, sino para reproducirse, por lo que la felicidad es necesario crearla. En esta necesidad de búsqueda de la felicidad en la relación amorosa es donde aparece el matrimonio, aunque muchos necesiten más de uno para que vaya bien.

La psicóloga Shelley E. Taylor, en su libro Lazos vitales publicado en 2002, nos dice que, durante décadas, los estudios psicológicos han señalado que el matrimonio – no el dinero, ni los hijos, ni la multitud de cosas que podrían hacernos felices- es el determinante primordial del bienestar emocional. Aunque los estudios se hicieron con personas casadas, parece que los resultados beneficiosos pueden extrapolarse a quienes mantienen una relación de pareja sin estar casados y a los que tienen animales de compañía.

Los beneficios de las relaciones amorosas van más allá de lo que en un principio podríamos pensar. Aunque el matrimonio conlleva riesgos, el no formar pareja tiene muchos más, ya que representa un microcosmo de las fuerzas sociales que afectan a nuestra salud y felicidad, ilustrando la fuerza del cuidado y su ausencia. Al ser un sistema de atención y cuidados, protege la salud y la felicidad de los hombres, y también la felicidad de las mujeres, aunque no la salud, siendo una de las mejores medicinas de las que disponemos.

Paradójicamente, en contra del estereotipo según el cual los hombres huyen del matrimonio y las mujeres serían quienes lo buscan, resulta que son ellos quienes logran más beneficios en términos de salud, ya que no solo mejora su felicidad, al igual que en las mujeres con el matrimonio, sino que aumenta las probabilidades de vivir más años.

En opinión de S.E. Taylor, el matrimonio es un sistema de cuidados en el que las mujeres suelen atender las necesidades masculinas de una forma que afecta de manera positiva directamente a la salud y felicidad de los hombres. Éstos también atienden las necesidades de las mujeres, tradicionalmente como protectores y sostenes económicos, y en la actualidad como compañeros, pero las pruebas sugieren que su atención es diferente y no protege tanto la salud como lo hace la de las mujeres.

La forma en que las mujeres atienden a los hombres en el matrimonio (y no al contrario), al menos en la época en que se hicieron los estudios a finales del siglo XX, son ubicuos y simples.

Entre las ventajas de los hombres casados, encontradas en aquella época, tenemos el hecho de que las mujeres se encargan de la intendencia del hogar liberando al hombre de todas estas obligaciones. También los protege de las malas compañías con otros hombres poniendo freno a los hábitos que amenazan la salud como tabaco, alcohol, drogas y mala alimentación.

Comparados con los solteros, los casados llevan una vida más “ordenada” y hacen más comidas saludables, tienen una pauta de sueño más regular y son menos probables los excesos con tabaco, alcohol y otras drogas.

Otro aspecto interesante respecto a la importancia de las mujeres en el aporte de recursos consoladores del apoyo social es su efecto sobre el estrés y la soledad.

En relación con el estrés las psicólogas Sherry Broadwell y Kathleen Light realizaron un estudio en el que se relacionó el apoyo social que creían tener hombres casados de su pareja y los efectos en la tensión arterial al someterlos a situaciones de estrés. Quienes se sentían apoyados presentaron respuestas de tensión arterial menores que aquellos que tenían menos apoyo.

En cuanto a la soledad, un estudio realizado por el psicólogo Ladd Wheeler de la Universidad de Rochester a los alumnos que se quedaban en la universidad para terminar exámenes cuando el resto se había ido a casa para pasar las vacaciones de Navidad, concluyó que el determinante más decisivo del grado de soledad de los alumnos era cuanto contacto tenían a diario con mujeres que también se habían quedado. Cuanto más tiempo pasara el alumno, fuera hombre o mujer, con mujeres, menos solo se encontraba. En contraste, el tiempo pasado con hombres no tenía efecto en la salud mental de los alumnos. Este resultado no se limita a los alumnos universitarios solitarios, sino que, a lo largo de la vida tanto en las épocas estresantes y no estresantes, todos nos beneficiamos de la compañía de las mujeres y de su atención.

En general, ser una especie social nos aporta beneficios, pero también tiene sus inconvenientes. Como hemos comentado, mantener relaciones afectivas nos mantiene más sanos y hace que vivamos más años, pero también enfermamos y morimos antes cuando nos sentimos solos de forma persistente. Necesitamos de los demás para regular y hacer “ingresos” en nuestro presupuesto corporal y la soledad provoca una carga adicional.

Según Lisa Feldman Barrett, una sorprendente desventaja de la presupuestación corporal socialmente compartida es que afecta a la empatía.

Cuando sentimos empatía por otras personas, nuestro cerebro “predice”, acertada o erróneamente, lo que pensarán, sentirán y harán. Estas predicciones, que nos parecen evidentes y naturales, serán más acertadas cuanto mejor conozcamos a esas personas. La contrapartida es que cuando no estamos tan familiarizados con otras personas, puede resultar más difícil sentir empatía por ellas, ya que requiere conocerlas mejor y eso supone un esfuerzo que se traduce en más “reintegros” de nuestro presupuesto corporal.

Esta puede ser una de las razones por las que, en ocasiones, la gente no es capaz de empatizar con quienes son físicamente distintos o tienen diferentes creencias, ya que puede resultar incómodo intentarlo al suponer un coste metabólico para el cerebro. Por ello, las personas suelen crear “cámaras de resonancia” que mediante el “sesgo de confirmación” se rodean de noticias y opiniones que refuerzan lo que ya creen. Con ello reducen el coste metabólico, la incomodidad y el esfuerzo que comporta el aprender algo nuevo. Lamentablemente, esta actitud reduce la probabilidad de aprender algo que podría hacernos cambiar de opinión. Obviamente todos estos procesos ocurren a nivel inconsciente.

Para finalizar este apartado voy a comentar algunos aspectos relacionados con el sexo, obtenidos de investigaciones realizadas con ratones. Es famosa la descripción del cerebro humano como “el segundo órgano favorito” del cineasta Woody Allen, pero el cerebro es tan esencial para la conducta sexual como los órganos reproductores.

Aunque sabíamos que el cerebro inicia y potencia la conducta sexual, ahora gracias a las investigaciones de dos científicas, sabemos que la conducta sexual potencia el cerebro mediante la neurogénesis que consiste en la producción de nuevas neuronas y un aumento en el crecimiento de las dendritas que refuerzan las conexiones neuronales en el hipocampo que es la región cerebral relacionada con la memoria, el aprendizaje y el procesamiento emocional. Estos beneficios de la actividad sexual se veían reducidos en las situaciones de sexo esporádico que se asociaba con niveles elevados de las hormonas de estrés.

En conclusión, a pesar de que la conducta sexual resulte estresante, al menos en el inicio, los aspectos gratificantes cuando esta se realiza sin el estrés de la novedad y es mantenida con la misma pareja - caso del matrimonio en los humanos-, al menos en los ratones, se potencian los dos efectos beneficiosos en el cerebro: aumento de neuronas y de las conexiones entre ellas. En pocas palabras, el estudio concluye que el sexo construye cerebros más complejos e inteligentes.

Por eso podríamos decir, siguiendo la célebre máxima del poeta Alfred Tennyson

“Es mejor haber amado y perdido que no haber amado nunca”.

 

 

 

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