La respuesta está en la sinfonía química que subyace en ambos procesos y la actividad cerebral que provoca.
La principal función de nuestro cerebro no es pensar como solemos creer, sino gestionar la alostasis, proceso que describe la capacidad de “predecir” y prepararse automáticamente para satisfacer las necesidades energéticas del cuerpo antes de que estas surjan y realizar de manera eficiente movimientos que compensen el gasto energético para sobrevivir.
Resulta
que uno de los factores inherentes al hecho de ser una especie social es
que regulamos mutuamente nuestros presupuestos corporales, es
decir, las diversas formas en que el cerebro gestiona los recursos corporales
que utilizamos diariamente.
Durante
toda nuestra vida hacemos “ingresos” y “reintegros” de distintos tipos
en los presupuestos corporales de otras personas, al tiempo que ellas
hacen lo mismo con nosotros. Gracias a la propiedad cerebral de la plasticidad,
cualquier interacción con otras personas provoca un cambio en las conexiones
neuronales. Todos dependemos de otras personas que contribuyen a la estructura
y función de nuestro cerebro, ayudando a que éste mantenga funcionando nuestro
cuerpo. De ahí la importancia de las personas que nos rodean en general y a
las que queremos en particular. Existe una sincronía con efectos
mensurables en la respiración y los latidos cardiacos de una persona con otra,
tanto si existe vinculo amoroso como si son desconocidos. Nuestros
cerebros colaboran en secreto entre ellos.
Predecimos,
con aciertos y errores, constantemente qué va a pasar y nuestro cerebro está
programado para anhelar lo inesperado y mirar al futuro, donde podemos
vislumbrar el inicio de cualquier posibilidad emocionante. Cuando lo que sucede
es mejor de lo esperado, estamos ante un error de predicción de
recompensa positivo, es decir cuando estamos ante un superávit entre
lo esperado y lo obtenido. Este error feliz, la emoción ante la buena
noticia inesperada o incluso la sola posibilidad de que ocurra,
es lo que pone en marcha la dopamina.
Un
concepto fundamental para comprender la relación de la dopamina con el amor,
lo aportó el neurocientífico australiano John Douglas Pettigrew al
esclarecer cómo el cerebro crea un mapa tridimensional del mundo.
Descubrió que el cerebro gestiona el mundo exterior dividiéndolo en regiones
separadas: cerca y lejos, que denominó como la
peripersonal y la extrapersonal.
El
espacio peripersonal comprende lo que está al alcance de la mano, todo lo
que podemos controlar en este instante con las manos. Es el mundo real, el
aquí y ahora. El espacio extrapersonal se refiere a todo
lo demás: todo lo que necesitas desplazarte para alcanzarlo. Es el ámbito de lo
posible, del futuro y requiere tiempo. De manera que, la característica que
define las cosas del espacio extrapersonal es que llegar a ellas
requiere esfuerzo, tiempo y, muchas veces, planificación. Por el
contrario, cualquier cosa en el espacio peripersonal se puede
sentir aquí y ahora. Son experiencias inmediatas, como tocar,
saborear, coger, apretar, sentir felicidad, tristeza, rabia y alegría.
Estaríamos ante el “yo que experimenta”, mientras que el
espacio extrapersonal forma parte del “yo que fantasea”.
Desde
una perspectiva evolutiva la separación entre lo que tienes, cuando nos
referimos a cosas tan esenciales para la supervivencia como comida, agua,
refugio, herramientas, etc., es tan básica e importante, que en el cerebro
evolucionaron de forma separada las sustancias químicas y los circuitos para
gestionar el espacio peripersonal y el extrapersonal.
Las
sustancias químicas que controlan en el cerebro el espacio peripersonal
son las del aquí y ahora: serotonina, testosterona, oxitocina,
vasopresina, endocanabinoides, endorfinas.
Cuando
el cerebro interactúa con el espacio extrapersonal, sobre las
cosas distantes que aún no tenemos y no podemos usar o consumir solo desear,
se impone sobre las demás la sustancia asociada a la expectación y la
posibilidad, la dopamina, que tiene una labor muy específica: aprovechar
al máximo los recursos de los que dispondremos en el futuro, la búsqueda de
cosas mejores.
Podemos
decir que nos encontramos con dos formas diferentes de lidiar con los aspectos
de la vida: lo que tenemos y lo que deseamos.
Trasladándonos
al tema que nos ocupa, diremos que encontrar el amor requiere
habilidades distintas a las necesarias para conseguir que éste dure.
Hemos
visto las sustancias que intervienen en la sinfonía química de la relación
sexual, todas ellas presentes y relacionadas entre sí, aunque, al igual que
en una orquesta, el protagonismo cambia según la partitura.
La
melodía comienza con el impulso sexual indiscriminado
protagonizado por la testosterona. Si se concreta en una persona
especifica tomará el mando la dopamina que es la diva del amor
romántico, entrando en escena los circuitos del “yo que
fantasea”, que necesitan para ser estimulados cualquier cosa que sea
resplandeciente y nueva, independientemente de la situación en que se
encuentre. La dopamina, como molécula de la ilusión, siempre
quiere más y que sea nuevo, es una molécula inconformista que nunca está
satisfecha con lo que tiene. Es uno de los incitadores del amor, la chispa
que enciende todo lo que viene después.
Si se
consuma el acto mediante el orgasmo, estamos ante una experiencia del aquí
y ahora con las endorfinas y otros neurotransmisores del presente
colaborando para detener a la dopamina. El “yo que experimenta”
intenta tomar el mando frente al “yo que fantasea”, es decir pensar
menos y sentir más, para ello reduce la activación de zonas
dopaminérgicas relacionadas con la conducta como la corteza prefrontal lo que
relaja el control y facilita la activación de los circuitos del aquí y ahora
necesarios para alcanzar el clímax sexual.
Podemos
decir que la dopamina te lleva a la cama y después se interpone, pues
cuando pasa la novedad pierde interés por la persona amada. La novedad que
provoca la activación de dopamina y los efectos apasionados de ésta no
dura eternamente. Parece que, en los humanos, según Helen Fisher la
duración está entre 12 y 18 meses.
Cuando
esto ocurre llega el momento de elegir entre pasar del amor romántico
apasionado a un amor que se alimenta del aprecio diario por la otra persona en el
aquí y ahora o poner fin a la relación y volver a empezar una nueva.
Si
elegimos el apego o amor de compañero, tenemos que pasar de una
experiencia extrapersonal a una peripersonal, de buscar a tener, de algo
que deseamos a algo que tenemos que cuidar. Pasar del sistema
dopaminérgico, sobre el que se sustenta el amor romántico, al sistema
del aquí y ahora, dando protagonismo a las sustancias químicas que lo
hacen posible: serotonina, oxitocina, vasopresina, endocanabinoides y
endorfinas.
El
amor duradero pone más el acento en la experiencia que en la
expectación, se pasa de la fantasía de que todo es posible y
maravilloso al compromiso con la realidad y todas las imperfecciones. Se
trata de una transición difícil, y cuando ante una dificultad se nos ofrece una
salida fácil solemos cogerla. Se necesita madurez para pasar del “yo
fantasioso” al “yo experiencial” y no siempre se tiene.
Sin
embargo, cuando se consigue dar el paso, aunque la relación no apasione tanto
como lo hace la dopamina, tiene el poder de brindar felicidad,
una felicidad prolongada que basada en los neurotransmisores del aquí
y ahora consiguen que encontremos placer y satisfacción en la cotidianidad
de la relación con la persona amada sin desear cambiar.
Helen
Fisher concluye que el ser humano no ha evolucionado para
ser feliz, sino para reproducirse, por lo que la felicidad es necesario
crearla. En esta necesidad de búsqueda de la felicidad en la
relación amorosa es donde aparece el matrimonio, aunque muchos
necesiten más de uno para que vaya bien.
La
psicóloga Shelley E. Taylor, en su libro Lazos vitales
publicado en 2002, nos dice que, durante décadas, los estudios psicológicos han
señalado que el matrimonio – no el dinero, ni los hijos, ni la multitud
de cosas que podrían hacernos felices- es el determinante primordial del
bienestar emocional. Aunque los estudios se hicieron con personas casadas,
parece que los resultados beneficiosos pueden extrapolarse a quienes mantienen una
relación de pareja sin estar casados y a los que tienen animales de
compañía.
Los
beneficios de las relaciones amorosas van más allá de lo que en un principio
podríamos pensar. Aunque el matrimonio conlleva riesgos, el no formar pareja
tiene muchos más, ya que representa un microcosmo de las fuerzas sociales que
afectan a nuestra salud y felicidad, ilustrando la fuerza del cuidado y su
ausencia. Al ser un sistema de atención y cuidados, protege la salud y la
felicidad de los hombres, y también la felicidad de las mujeres, aunque
no la salud, siendo una de las mejores medicinas de las que disponemos.
Paradójicamente,
en contra del estereotipo según el cual los hombres huyen del matrimonio y las
mujeres serían quienes lo buscan, resulta que son ellos quienes logran más
beneficios en términos de salud, ya que no solo mejora su felicidad, al igual
que en las mujeres con el matrimonio, sino que aumenta las probabilidades de
vivir más años.
En
opinión de S.E. Taylor, el matrimonio es un sistema de cuidados
en el que las mujeres suelen atender las necesidades masculinas de una forma
que afecta de manera positiva directamente a la salud y felicidad de los
hombres. Éstos también atienden las necesidades de las mujeres,
tradicionalmente como protectores y sostenes económicos, y en la actualidad
como compañeros, pero las pruebas sugieren que su atención es diferente y no
protege tanto la salud como lo hace la de las mujeres.
La
forma en que las mujeres atienden a los hombres en el matrimonio (y no al
contrario), al menos en la época en que se hicieron los estudios a finales del
siglo XX, son ubicuos y simples.
Entre
las ventajas de los hombres casados, encontradas en aquella época, tenemos el
hecho de que las mujeres se encargan de la intendencia del hogar
liberando al hombre de todas estas obligaciones. También los protege de las malas
compañías con otros hombres poniendo freno a los hábitos que amenazan la
salud como tabaco, alcohol, drogas y mala alimentación.
Comparados
con los solteros, los casados llevan una vida más “ordenada” y hacen más
comidas saludables, tienen una pauta de sueño más regular y son menos probables
los excesos con tabaco, alcohol y otras drogas.
Otro
aspecto interesante respecto a la importancia de las mujeres en el
aporte de recursos consoladores del apoyo social es su efecto sobre el
estrés y la soledad.
En
relación con el estrés las psicólogas Sherry Broadwell y Kathleen Light
realizaron un estudio en el que se relacionó el apoyo social que creían
tener hombres casados de su pareja y los efectos en la tensión arterial
al someterlos a situaciones de estrés. Quienes se sentían apoyados presentaron
respuestas de tensión arterial menores que aquellos que tenían menos apoyo.
En
cuanto a la soledad, un estudio realizado por el psicólogo Ladd
Wheeler de la Universidad de Rochester a los alumnos que se quedaban en la
universidad para terminar exámenes cuando el resto se había ido a casa para
pasar las vacaciones de Navidad, concluyó que el determinante más decisivo del
grado de soledad de los alumnos era cuanto contacto tenían a diario con mujeres
que también se habían quedado. Cuanto más tiempo pasara el alumno, fuera
hombre o mujer, con mujeres, menos solo se encontraba. En contraste, el
tiempo pasado con hombres no tenía efecto en la salud mental de los alumnos.
Este resultado no se limita a los alumnos universitarios solitarios, sino que,
a lo largo de la vida tanto en las épocas estresantes y no estresantes, todos
nos beneficiamos de la compañía de las mujeres y de su atención.
En
general, ser una especie social nos aporta beneficios, pero también
tiene sus inconvenientes. Como hemos comentado, mantener relaciones afectivas
nos mantiene más sanos y hace que vivamos más años, pero también enfermamos y
morimos antes cuando nos sentimos solos de forma persistente. Necesitamos de
los demás para regular y hacer “ingresos” en nuestro presupuesto
corporal y la soledad provoca una carga adicional.
Según Lisa
Feldman Barrett, una sorprendente desventaja de la presupuestación
corporal socialmente compartida es que afecta a la empatía.
Cuando
sentimos empatía por otras personas, nuestro cerebro “predice”,
acertada o erróneamente, lo que pensarán, sentirán y harán. Estas
predicciones, que nos parecen evidentes y naturales, serán más acertadas cuanto
mejor conozcamos a esas personas. La contrapartida es que cuando no estamos tan
familiarizados con otras personas, puede resultar más difícil sentir empatía
por ellas, ya que requiere conocerlas mejor y eso supone un esfuerzo que se
traduce en más “reintegros” de nuestro presupuesto corporal.
Esta
puede ser una de las razones por las que, en ocasiones, la gente no es capaz de
empatizar con quienes son físicamente distintos o tienen diferentes creencias,
ya que puede resultar incómodo intentarlo al suponer un coste metabólico para
el cerebro. Por ello, las personas suelen crear “cámaras de resonancia”
que mediante el “sesgo de confirmación” se rodean de noticias y
opiniones que refuerzan lo que ya creen. Con ello reducen el coste metabólico,
la incomodidad y el esfuerzo que comporta el aprender algo nuevo.
Lamentablemente, esta actitud reduce la probabilidad de aprender algo que
podría hacernos cambiar de opinión. Obviamente todos estos procesos ocurren a
nivel inconsciente.
Para
finalizar este apartado voy a comentar algunos aspectos relacionados con el
sexo, obtenidos de investigaciones realizadas con ratones. Es famosa la
descripción del cerebro humano como “el segundo órgano favorito” del
cineasta Woody Allen, pero el cerebro es tan esencial para la conducta sexual
como los órganos reproductores.
Aunque
sabíamos que el cerebro inicia y potencia la conducta sexual, ahora
gracias a las investigaciones de dos científicas, sabemos que la conducta
sexual potencia el cerebro mediante la neurogénesis que consiste en la
producción de nuevas neuronas y un aumento en el crecimiento de las dendritas
que refuerzan las conexiones neuronales en el hipocampo que es la
región cerebral relacionada con la memoria, el aprendizaje y el
procesamiento emocional. Estos beneficios de la actividad sexual se veían
reducidos en las situaciones de sexo esporádico que se asociaba con
niveles elevados de las hormonas de estrés.
En
conclusión, a pesar de que la conducta sexual resulte estresante, al menos en
el inicio, los aspectos gratificantes cuando esta se realiza sin el estrés de
la novedad y es mantenida con la misma pareja - caso del matrimonio en los
humanos-, al menos en los ratones, se potencian los dos efectos
beneficiosos en el cerebro: aumento de neuronas y de las conexiones entre
ellas. En pocas palabras, el estudio concluye que el sexo construye cerebros
más complejos e inteligentes.
Por
eso podríamos decir, siguiendo la célebre máxima del poeta Alfred Tennyson
“Es mejor haber amado y perdido que no haber amado
nunca”.

