jueves, 19 de febrero de 2026

El cerebro en el amor. (Continuación) ¿Por qué el amor romántico desaparece y cómo pasar al amor de compañeros o del apego?

 

La respuesta está en la sinfonía química que subyace en ambos procesos y la actividad cerebral que provoca.

La principal función de nuestro cerebro no es pensar como solemos creer, sino gestionar la alostasis, proceso que describe la capacidad de “predecir” y prepararse automáticamente para satisfacer las necesidades energéticas del cuerpo antes de que estas surjan y realizar de manera eficiente movimientos que compensen el gasto energético para sobrevivir.

Resulta que uno de los factores inherentes al hecho de ser una especie social es que regulamos mutuamente nuestros presupuestos corporales, es decir, las diversas formas en que el cerebro gestiona los recursos corporales que utilizamos diariamente.

Durante toda nuestra vida hacemos “ingresos” y “reintegros” de distintos tipos en los presupuestos corporales de otras personas, al tiempo que ellas hacen lo mismo con nosotros. Gracias a la propiedad cerebral de la plasticidad, cualquier interacción con otras personas provoca un cambio en las conexiones neuronales. Todos dependemos de otras personas que contribuyen a la estructura y función de nuestro cerebro, ayudando a que éste mantenga funcionando nuestro cuerpo. De ahí la importancia de las personas que nos rodean en general y a las que queremos en particular. Existe una sincronía con efectos mensurables en la respiración y los latidos cardiacos de una persona con otra, tanto si existe vinculo amoroso como si son desconocidos. Nuestros cerebros colaboran en secreto entre ellos.

Predecimos, con aciertos y errores, constantemente qué va a pasar y nuestro cerebro está programado para anhelar lo inesperado y mirar al futuro, donde podemos vislumbrar el inicio de cualquier posibilidad emocionante. Cuando lo que sucede es mejor de lo esperado, estamos ante un error de predicción de recompensa positivo, es decir cuando estamos ante un superávit entre lo esperado y lo obtenido. Este error feliz, la emoción ante la buena noticia inesperada o incluso la sola posibilidad de que ocurra, es lo que pone en marcha la dopamina.

Un concepto fundamental para comprender la relación de la dopamina con el amor, lo aportó el neurocientífico australiano John Douglas Pettigrew al esclarecer cómo el cerebro crea un mapa tridimensional del mundo. Descubrió que el cerebro gestiona el mundo exterior dividiéndolo en regiones separadas: cerca y lejos, que denominó como la peripersonal y la extrapersonal.

El espacio peripersonal comprende lo que está al alcance de la mano, todo lo que podemos controlar en este instante con las manos. Es el mundo real, el aquí y ahora. El espacio extrapersonal se refiere a todo lo demás: todo lo que necesitas desplazarte para alcanzarlo. Es el ámbito de lo posible, del futuro y requiere tiempo. De manera que, la característica que define las cosas del espacio extrapersonal es que llegar a ellas requiere esfuerzo, tiempo y, muchas veces, planificación. Por el contrario, cualquier cosa en el espacio peripersonal se puede sentir aquí y ahora. Son experiencias inmediatas, como tocar, saborear, coger, apretar, sentir felicidad, tristeza, rabia y alegría. Estaríamos ante el “yo que experimenta”, mientras que el espacio extrapersonal forma parte del “yo que fantasea”.

Desde una perspectiva evolutiva la separación entre lo que tienes, cuando nos referimos a cosas tan esenciales para la supervivencia como comida, agua, refugio, herramientas, etc., es tan básica e importante, que en el cerebro evolucionaron de forma separada las sustancias químicas y los circuitos para gestionar el espacio peripersonal y el extrapersonal.

Las sustancias químicas que controlan en el cerebro el espacio peripersonal son las del aquí y ahora: serotonina, testosterona, oxitocina, vasopresina, endocanabinoides, endorfinas.

Cuando el cerebro interactúa con el espacio extrapersonal, sobre las cosas distantes que aún no tenemos y no podemos usar o consumir solo desear, se impone sobre las demás la sustancia asociada a la expectación y la posibilidad, la dopamina, que tiene una labor muy específica: aprovechar al máximo los recursos de los que dispondremos en el futuro, la búsqueda de cosas mejores.

Podemos decir que nos encontramos con dos formas diferentes de lidiar con los aspectos de la vida: lo que tenemos y lo que deseamos.

Trasladándonos al tema que nos ocupa, diremos que encontrar el amor requiere habilidades distintas a las necesarias para conseguir que éste dure.

Hemos visto las sustancias que intervienen en la sinfonía química de la relación sexual, todas ellas presentes y relacionadas entre sí, aunque, al igual que en una orquesta, el protagonismo cambia según la partitura.

La melodía comienza con el impulso sexual indiscriminado protagonizado por la testosterona. Si se concreta en una persona especifica tomará el mando la dopamina que es la diva del amor romántico, entrando en escena los circuitos del “yo que fantasea”, que necesitan para ser estimulados cualquier cosa que sea resplandeciente y nueva, independientemente de la situación en que se encuentre. La dopamina, como molécula de la ilusión, siempre quiere más y que sea nuevo, es una molécula inconformista que nunca está satisfecha con lo que tiene. Es uno de los incitadores del amor, la chispa que enciende todo lo que viene después.

Si se consuma el acto mediante el orgasmo, estamos ante una experiencia del aquí y ahora con las endorfinas y otros neurotransmisores del presente colaborando para detener a la dopamina. El “yo que experimenta” intenta tomar el mando frente al “yo que fantasea”, es decir pensar menos y sentir más, para ello reduce la activación de zonas dopaminérgicas relacionadas con la conducta como la corteza prefrontal lo que relaja el control y facilita la activación de los circuitos del aquí y ahora necesarios para alcanzar el clímax sexual.

Podemos decir que la dopamina te lleva a la cama y después se interpone, pues cuando pasa la novedad pierde interés por la persona amada. La novedad que provoca la activación de dopamina y los efectos apasionados de ésta no dura eternamente. Parece que, en los humanos, según Helen Fisher la duración está entre 12 y 18 meses.

Cuando esto ocurre llega el momento de elegir entre pasar del amor romántico apasionado a un amor que se alimenta del aprecio diario por la otra persona en el aquí y ahora o poner fin a la relación y volver a empezar una nueva.

Si elegimos el apego o amor de compañero, tenemos que pasar de una experiencia extrapersonal a una peripersonal, de buscar a tener, de algo que deseamos a algo que tenemos que cuidar. Pasar del sistema dopaminérgico, sobre el que se sustenta el amor romántico, al sistema del aquí y ahora, dando protagonismo a las sustancias químicas que lo hacen posible: serotonina, oxitocina, vasopresina, endocanabinoides y endorfinas.

El amor duradero pone más el acento en la experiencia que en la expectación, se pasa de la fantasía de que todo es posible y maravilloso al compromiso con la realidad y todas las imperfecciones. Se trata de una transición difícil, y cuando ante una dificultad se nos ofrece una salida fácil solemos cogerla. Se necesita madurez para pasar del yo fantasioso” al yo experiencial” y no siempre se tiene.

Sin embargo, cuando se consigue dar el paso, aunque la relación no apasione tanto como lo hace la dopamina, tiene el poder de brindar felicidad, una felicidad prolongada que basada en los neurotransmisores del aquí y ahora consiguen que encontremos placer y satisfacción en la cotidianidad de la relación con la persona amada sin desear cambiar.

Helen Fisher concluye que el ser humano no ha evolucionado para ser feliz, sino para reproducirse, por lo que la felicidad es necesario crearla. En esta necesidad de búsqueda de la felicidad en la relación amorosa es donde aparece el matrimonio, aunque muchos necesiten más de uno para que vaya bien.

La psicóloga Shelley E. Taylor, en su libro Lazos vitales publicado en 2002, nos dice que, durante décadas, los estudios psicológicos han señalado que el matrimonio – no el dinero, ni los hijos, ni la multitud de cosas que podrían hacernos felices- es el determinante primordial del bienestar emocional. Aunque los estudios se hicieron con personas casadas, parece que los resultados beneficiosos pueden extrapolarse a quienes mantienen una relación de pareja sin estar casados y a los que tienen animales de compañía.

Los beneficios de las relaciones amorosas van más allá de lo que en un principio podríamos pensar. Aunque el matrimonio conlleva riesgos, el no formar pareja tiene muchos más, ya que representa un microcosmo de las fuerzas sociales que afectan a nuestra salud y felicidad, ilustrando la fuerza del cuidado y su ausencia. Al ser un sistema de atención y cuidados, protege la salud y la felicidad de los hombres, y también la felicidad de las mujeres, aunque no la salud, siendo una de las mejores medicinas de las que disponemos.

Paradójicamente, en contra del estereotipo según el cual los hombres huyen del matrimonio y las mujeres serían quienes lo buscan, resulta que son ellos quienes logran más beneficios en términos de salud, ya que no solo mejora su felicidad, al igual que en las mujeres con el matrimonio, sino que aumenta las probabilidades de vivir más años.

En opinión de S.E. Taylor, el matrimonio es un sistema de cuidados en el que las mujeres suelen atender las necesidades masculinas de una forma que afecta de manera positiva directamente a la salud y felicidad de los hombres. Éstos también atienden las necesidades de las mujeres, tradicionalmente como protectores y sostenes económicos, y en la actualidad como compañeros, pero las pruebas sugieren que su atención es diferente y no protege tanto la salud como lo hace la de las mujeres.

La forma en que las mujeres atienden a los hombres en el matrimonio (y no al contrario), al menos en la época en que se hicieron los estudios a finales del siglo XX, son ubicuos y simples.

Entre las ventajas de los hombres casados, encontradas en aquella época, tenemos el hecho de que las mujeres se encargan de la intendencia del hogar liberando al hombre de todas estas obligaciones. También los protege de las malas compañías con otros hombres poniendo freno a los hábitos que amenazan la salud como tabaco, alcohol, drogas y mala alimentación.

Comparados con los solteros, los casados llevan una vida más “ordenada” y hacen más comidas saludables, tienen una pauta de sueño más regular y son menos probables los excesos con tabaco, alcohol y otras drogas.

Otro aspecto interesante respecto a la importancia de las mujeres en el aporte de recursos consoladores del apoyo social es su efecto sobre el estrés y la soledad.

En relación con el estrés las psicólogas Sherry Broadwell y Kathleen Light realizaron un estudio en el que se relacionó el apoyo social que creían tener hombres casados de su pareja y los efectos en la tensión arterial al someterlos a situaciones de estrés. Quienes se sentían apoyados presentaron respuestas de tensión arterial menores que aquellos que tenían menos apoyo.

En cuanto a la soledad, un estudio realizado por el psicólogo Ladd Wheeler de la Universidad de Rochester a los alumnos que se quedaban en la universidad para terminar exámenes cuando el resto se había ido a casa para pasar las vacaciones de Navidad, concluyó que el determinante más decisivo del grado de soledad de los alumnos era cuanto contacto tenían a diario con mujeres que también se habían quedado. Cuanto más tiempo pasara el alumno, fuera hombre o mujer, con mujeres, menos solo se encontraba. En contraste, el tiempo pasado con hombres no tenía efecto en la salud mental de los alumnos. Este resultado no se limita a los alumnos universitarios solitarios, sino que, a lo largo de la vida tanto en las épocas estresantes y no estresantes, todos nos beneficiamos de la compañía de las mujeres y de su atención.

En general, ser una especie social nos aporta beneficios, pero también tiene sus inconvenientes. Como hemos comentado, mantener relaciones afectivas nos mantiene más sanos y hace que vivamos más años, pero también enfermamos y morimos antes cuando nos sentimos solos de forma persistente. Necesitamos de los demás para regular y hacer “ingresos” en nuestro presupuesto corporal y la soledad provoca una carga adicional.

Según Lisa Feldman Barrett, una sorprendente desventaja de la presupuestación corporal socialmente compartida es que afecta a la empatía.

Cuando sentimos empatía por otras personas, nuestro cerebro “predice”, acertada o erróneamente, lo que pensarán, sentirán y harán. Estas predicciones, que nos parecen evidentes y naturales, serán más acertadas cuanto mejor conozcamos a esas personas. La contrapartida es que cuando no estamos tan familiarizados con otras personas, puede resultar más difícil sentir empatía por ellas, ya que requiere conocerlas mejor y eso supone un esfuerzo que se traduce en más “reintegros” de nuestro presupuesto corporal.

Esta puede ser una de las razones por las que, en ocasiones, la gente no es capaz de empatizar con quienes son físicamente distintos o tienen diferentes creencias, ya que puede resultar incómodo intentarlo al suponer un coste metabólico para el cerebro. Por ello, las personas suelen crear “cámaras de resonancia” que mediante el “sesgo de confirmación” se rodean de noticias y opiniones que refuerzan lo que ya creen. Con ello reducen el coste metabólico, la incomodidad y el esfuerzo que comporta el aprender algo nuevo. Lamentablemente, esta actitud reduce la probabilidad de aprender algo que podría hacernos cambiar de opinión. Obviamente todos estos procesos ocurren a nivel inconsciente.

Para finalizar este apartado voy a comentar algunos aspectos relacionados con el sexo, obtenidos de investigaciones realizadas con ratones. Es famosa la descripción del cerebro humano como “el segundo órgano favorito” del cineasta Woody Allen, pero el cerebro es tan esencial para la conducta sexual como los órganos reproductores.

Aunque sabíamos que el cerebro inicia y potencia la conducta sexual, ahora gracias a las investigaciones de dos científicas, sabemos que la conducta sexual potencia el cerebro mediante la neurogénesis que consiste en la producción de nuevas neuronas y un aumento en el crecimiento de las dendritas que refuerzan las conexiones neuronales en el hipocampo que es la región cerebral relacionada con la memoria, el aprendizaje y el procesamiento emocional. Estos beneficios de la actividad sexual se veían reducidos en las situaciones de sexo esporádico que se asociaba con niveles elevados de las hormonas de estrés.

En conclusión, a pesar de que la conducta sexual resulte estresante, al menos en el inicio, los aspectos gratificantes cuando esta se realiza sin el estrés de la novedad y es mantenida con la misma pareja - caso del matrimonio en los humanos-, al menos en los ratones, se potencian los dos efectos beneficiosos en el cerebro: aumento de neuronas y de las conexiones entre ellas. En pocas palabras, el estudio concluye que el sexo construye cerebros más complejos e inteligentes.

Por eso podríamos decir, siguiendo la célebre máxima del poeta Alfred Tennyson

“Es mejor haber amado y perdido que no haber amado nunca”.

 

 

 

domingo, 15 de febrero de 2026

El cerebro en el amor.

1.- Hablemos del Amor.        

“El amor es una necesidad, un antojo, un impulso para buscar el mayor premio de la vida”.

Helen Fisher, antropóloga biológica


.Para hablar del amor, no nos apoyaremos en Raphael y su eurovisiva canción del año 67, sino que seguiremos a la antropóloga Helen Fisher, que ha dedicado su vida profesional al estudio de la ciencia del amor.

Empecemos, pues, por el principio, ¿Qué es amar?

El premio nobel G. Bernard Shaw dijo: “El amor consiste en sobreestimar las diferencias entre una mujer y otra”. Con esta definición estaba señalando una de las características del amor, consistente en que la persona objeto de este adquiere un significado especial.

El escritor y diplomático Geoffrey Chaucer dijo: “El amor es ciego”, expresión que recoge el predominio de la emoción sobre la razón.

Ambos autores se están refiriendo al denominado, y denostado por el feminismo, “Amor romántico”.

Antes de entrar en detalles sobre el mismo veamos lo que nos cuenta Helen Fisher de los diferentes sistemas cerebrales relacionados con el amor y que han evolucionado a partir del apareamiento y la reproducción.

Son tres los sistemas cerebrales descritos, íntimamente relacionados y cada uno de ellos activado por hormonas específicas:

1.- El primero es el que subyace y desencadena “el impulso sexual”, que consiste en el deseo de gratificación sexual, y que el escritor W.H. Auden describió de manera gráfica, como “una comezón mental insoportable”.

Esta frase me recuerda un dicho acerca de un alcalde comunista de un pueblo, cuyo nombre omito, famoso en toda la provincia por lo “brutos que eran sus habitantes”. Fue invitado junto a su esposa a visitar la Unión Soviética y entre los actos del protocolo de acogida estaba la asistencia a un concierto. Entre el sonido de violines, pianos y otros instrumentos musicales se introdujo un ruido ajeno provocado por el intenso rascado en la cabeza por parte de la esposa del alcalde. Éste la recriminó advirtiéndole que estaba “dando la nota” al atraer la atención de los espectadores con ese rascado compulsivo. A lo que ella le contestó: “Si me rascara donde realmente me pica, entonces sí que llamaría la atención”.

El impulso sexual surge desde el interior de cada persona, siendo la hormona Testosterona el mensajero que lo pone en marcha en ambos sexos. Es una sensación parecida al hambre que tenemos, en mayor o menor intensidad, todo el tiempo. Igual que con el hambre, donde cualquier alimento es válido para satisfacer las ganas de comer, el impulso sexual inducido por la testosterona se puede sentir en cualquier momento y no es necesario que su aparición ni su satisfacción se focalice en alguien concreto. Este sistema evolucionó para forzarnos a buscar diferentes parejas.

Diferentes dichos populares recogen la necesidad de satisfacer el impulso sexual de “cualquier forma” cuando éste apremia. Es el caso de “a falta de pan, buenas son tortas” que refleja la ampliación del círculo desde lo “normalmente deseable” a conformarnos con lo que tenemos a mano, recurriendo a la autosatisfacción mediante la masturbación o a personas que habitualmente no suelen despertar interés sexual. Otros dichos, con un sesgo masculino, hacen referencia a situaciones extremas del impulso sexual, donde solo los escrúpulos éticos ponen límites, es el caso de “en teniendo rendija manque-sea sabandija” o “cuando las ganas de sexo aprietan, ni los culos de los muertos se respetan.

En estas situaciones, la orientación sexual y otras sensibilidades saltan por los aires ante la presión del impulso sexual.

2.- El segundo de los sistemas cerebrales corresponde al “amor romántico”, en el que nos domina la euforia y la obsesión del amor recién encontrado. Aquí, a diferencia con el anterior no nos vale cualquiera pues, la importancia reside en el sujeto amado que es único. Contrariamente a lo que los antropólogos pensaron en su momento que se trataba de un invento de los poetas franceses de la Edad Media, hoy sabemos que ha formado parte importante de las sociedades tradicionales de las que se tienen registros, siendo una característica que nos diferencia de los otros grandes simios.

La explicación evolutiva está en la necesidad que, a diferencia de otros primates, tenemos los humanos de formar parejas para poder sacar adelante las crías, dada la fragilidad de éstas al nacer y las ventajas evolutivas que esta colaboración, incluida la división del trabajo, supuso para la supervivencia.

La solución dada por la naturaleza está en el enamoramiento, que actúa como un superpegamento de acción rápida que mantiene unida a la pareja durante estos primeros años y que, seguramente, usa un mecanismo cerebral similar al de la impronta en los patos y gansos. La hormona que interviene en este circuito es la Dopamina, la misma que fue señalada erróneamente como “la molécula del placer” por la asociación entre su actividad en el circuito de recompensa y el subidón de ésta provocado por la inyección de cocaína en experimentos realizados con drogadictos. Posteriormente se descubrió que, al igual que la cocaína, las recompensas naturales estimulan la actividad de la dopamina y que en lugar de ser un “marcador del placer” es “una reacción a lo inesperado, lo posible y la expectación”. Es la molécula de “la ilusión y la sorpresa”. Podríamos decir que es “la molécula que subyace la alegría y placer de la infancia con los regalos de los Reyes Magos o Papá Noel” cuando éstos cumplen o superan las expectativas creadas al respecto.

Los científicos que estudiaron este fenómeno, especialmente Wolfram Schultz, denominaron “error de predicción de recompensa” al runrún que obtenemos de lo novedoso. De manera que, realiza una función mucho más importante que abarca un impresionante abanico de actividades humanas, desde crear arte, literatura, música, buscar el éxito, descubrir nuevas leyes … y enamorarse.

En la persona enamorada se producen una serie de características:

-   Centra la atención en la persona objeto del amor y la engrandece, tal como nos decía G. Bernard Shaw.

-       El enamorado se siente lleno de energía.

-       La relación se vuelve dependiente.

-       La persona enamorada se vuelve sexualmente posesiva. Un ansia, que se manifiesta por la necesidad de estar y poseer a la persona amada sexual y emocionalmente.

-       Produce motivación y obsesión, que le hace estar todo el día pensando en la persona amada.

-       Y de manera característica cuando se les preguntaba a los enamorados, todos estaban, naturalmente, dispuestos a morir por la persona amada.

Cuando Fisher estudió los cerebros de un grupo de personas enamoradas mediante el escáner, vio que cuando se les mostraba fotos de la persona amada se producía una gran activación en diferentes regiones cerebrales, siendo una de las más destacadas la relacionada con los efectos de la cocaína. Estaríamos ante una situación en la que la persona amada desencadena un efecto similar al producido por las drogas en el cerebro.

La conclusión a la que llegó Fisher es que el “amor romántico” no es una emoción, sino un impulso que se origina en la parte del cerebro que ansía, es decir, aquella que se activa cuando se desea algo con intensidad. Incluso, afirma, que se trata de un impulso más poderoso que el sexual. Pues, nadie se deprime o se suicida por ser rechazado ante la petición de relaciones sexuales, cosa que, si puede ocurrir en personas despechadas por amor, que están dispuestas a morir o incluso a matar. Se trata de uno de los sistemas cerebrales, similar a los del placer, más poderosos que existen, tanto para la alegría como para la tristeza, como se ha evidenciado en más de 175 sociedades diferentes. La gente mata, muere y vive por amor”. Realidad que es necesario tener presente cuando se analiza la violencia en la pareja.

3.- El tercer sistema es el “apego”, que nos da la sensación de seguridad y calma que se obtiene de una relación a largo plazo, y cuyo origen evolutivo está en la necesidad de adaptarse a otro ser humano durante el tiempo necesario para criar a un hijo en pareja. Siendo la Vasopresina en los hombres y la Oxitocina en las mujeres las hormonas encargadas de activar el sistema.

La complejidad del proceso no está exenta de complicaciones, pues los tres sistemas –impulso sexual (testosterona), amor romántico (dopamina) y apego (vasopresina y oxitocina)- no van siempre en sintonía. Es evidente que están íntimamente relacionados, por eso el sexo casual que surge a instancia de la testosterona, puede complicarse y no ser tan casual, ya que, si la relación sexual es satisfactoria, el orgasmo produce un pico de dopamina, que puede activar el circuito de “amor romántico”, pudiendo provocar que uno se enamore de alguien con quien solo pretendía tener sexo esporádico. Además del pico dopaminérgico, también se produce una liberación masiva de vasopresina y oxitocina, hormonas hipotalámicas del aquí y ahora, relacionadas con el apego y responsables de esa unión cósmica que se siente con alguien después de haber hecho el amor.

No obstante, a pesar de la interconexión existente entre los tres sistemas, no siempre es la misma persona la que los activa, de manera que es posible sentir un profundo apego por una persona con la que uno haya compartido gran parte de su vida mientras se siente un amor romántico con otra persona y a la vez sentir una atracción sexual irrefrenable por una tercera sin relación con las otras dos. Esto quiere decir que, definitivamente, sí somos capaces de “amar” a más de una persona al mismo tiempo, aunque “de manera diferente” dados los diferentes circuitos cerebrales que se activan en cada caso. Esta situación nos puede llevar a una especie de reunión de comité en nuestra cabeza, en la que se dilucida la necesidad de estar con una persona por la que se siente un gran apego, por una parte, y el deseo hacia otra por la que se siente un amor romántico. A lo que se puede añadir el impulso sexual hacia alguien que se cruza ocasionalmente en nuestra vida.

jueves, 29 de enero de 2026

Pesticidas. Un puzle de horror y misterio.

 A partir de los años cincuenta, extraños y desconcertantes problemas empezaron a manifestarse en la fauna silvestre de diferentes partes del mundo. En los informes de los investigadores se mencionaban órganos sexuales defectuosos y anomalías en la conducta reproductiva, pérdida de fecundidad, alta mortalidad infantil, e incluso la desaparición de poblaciones enteras de animales. Con el tiempo, los alarmantes problemas reproductivos de la fauna silvestre comenzaron a observarse en humanos. 

A pesar de las claras señales de que algo iba mal no se quiso o supo ver que todos estos casos, aparentemente inconexos, estaban conectados. Aunque el principal sospechoso era la contaminación química nadie veía el hilo conductor hasta que llegó Theo Colborn (1927-2014). 

A continuación, se expone una muestra de lo que estaba ocurriendo en la fauna silvestre extraído del libro “Nuestro futuro robado” publicado en 1997 y cuyos autores son Theo Colborn, John Peterson Myers y Dianne Dumanoski.  

-       Águilas calvas. Hiposexualidad y esterilidad: La extraña conducta de las águilas calvas, observada en Costa del Golfo (Florida) por Charles Broley un aficionado a la ornitología, que no mostraban ningún interés en aparearse, siendo indiferentes al ritual de anidamiento y al galanteo. A ello se unía la frecuencia de nidos abandonados con los cascarones rotos y el descubrimiento de que el 80% de las águilas calvas de Florida eran estériles. 

-       Nutrias: En Inglaterra, a finales de los cincuenta, empezaron a tener dificultades para la práctica del tradicional “deporte” de la caza de la nutria debido a la escasez de ejemplares. Aunque se sospechó del insecticida Dieldrin, siguió siendo un misterio hasta los ochenta. 

-       Visones estériles: A mediados de los sesenta los criadores de visones del Lago Michigan vieron como su próspero negocio se hundía ante los misteriosos problemas de reproducción. El número de crías fue descendiendo hasta que, algunas hembras, no parían nunca y las pocas que lo hacían perdían a sus crías al poco de nacer. En algunos casos también las madres morían. En este caso las sospechas de contaminación recayeron sobre los PCBs, sustancias químicas sintéticas usadas para aislar instalaciones eléctricas. Curiosamente, diez años antes, otros criadores de visones del Medio Oeste se habían arruinado por problemas de reproducción debido a que los alimentaban con despojos de pollos a los que se les administraba Dietilestilbestrol (DES) una hormona femenina sintética para acelerar su crecimiento. Aunque los síntomas eran similares, la relación entre los dos desastres era un misterio.

-       Gaviotas argénteas: En 1970 la colonia de gaviotas argénteas de la isla Near en el Lago Ontario presentaba un aspecto sobrecogedor. En una época en la que deberían estar muy ocupadas alimentando a sus vociferantes crías, el biólogo Mike Gilbertson encontró por todas partes huevos sin incubar, nidos abandonados y algunos polluelos muertos. Calculó que el 80% de los polluelos había muerto antes de salir del huevo y que presentaban extrañas deformidades como plumas de adulto en lugar del plumón, algunos no tenían ojos, las patas deformes, el pico torcido y también los había arrugados y marchitos con el saco vitelino acoplado sin poder utilizar su energía para desarrollarse.

Gilbertson recordó que estas deformidades eran similares a la enfermedad llamada edema de los pollos”, que aparecía en la descendencia de gallinas tratadas con dioxinas en experimentos de laboratorio. Ello le llevó a sospechar que los Grandes Lagos estuvieran contaminados con dioxinas, lo que fue acogido con escepticismo y burla por parte de sus superiores y colegas.

-       Gaviotas lesbianas: A principios de los setenta, en las islas del Canal, al sur de California Ralph Schreiber encontró nidos de gaviota occidental con cantidades excepcionales de huevos lo que le permitió, a pesar de la dificultad para distinguir el macho de la hembra, descubrir que las hembras estaban anidando con otras hembras. A pesar del incremento de huevos en los nidos, nacían menos polluelos de lo normal y los cascarones eran anormalmente finos, lo que indujo a sospechar de la exposición al DDT.

En las décadas siguientes se encontró el “emparejamiento homosexual” de hembras en poblaciones de gaviotas argénteas de los Grandes Lagos, en las gaviotas hiperbóreas del golfo de Puget y en las diezmadas poblaciones de charranes rosados en la costa de Massachusetts.

-       Caimanes con micropenes en el lago Apopka: En los años ochenta, en la búsqueda de huevos de caimán para la industria de su valiosa piel se encontró que, a diferencia de algunos lagos de Florida en los que el 90% eran viables, en el lago Apopka apenas llegaban al 18% y lo peor era que la mitad de las crías morían antes de los diez días. Lou Gillette, biólogo de la universidad de Florida especializado en la reproducción de reptiles no encontraba explicación y lo relacionaba con un accidente ocurrido en una fábrica situada a medio kilómetro del lago que produjo un vertido del plaguicida dicofol ocasionando una alta mortalidad en los caimanes. Sin embargo, el análisis de muestras indicaba que las aguas estaban ya limpias del plaguicida. En la captura de ejemplares de caimán realizada por los biólogos para su estudio, encontraron una extraña deformidad en muchos de los machos: al menos el 70% tenían el pene anormalmente pequeño.

-       Focas: En 1988 se produjo en el norte de Europa una epidemia que causó la mayor mortandad de focas de la historia con cerca de 18.000 ejemplares muertos, lo que suponía más del 40% de la población total de focas del mar del Norte. Para el virólogo y veterinario holandés Albert Osterhaus el problema no era la contaminación, sino que todos los indicios apuntaban a una enfermedad infecciosa. Las víctimas de la epidemia presentaban diferente sintomatología lo que indujo a sospechar de un virus que inhiba el sistema inmune. Con el tiempo los investigadores encontraron indicios de que las focas muertas estaban infectadas por un virus destemperado (moquillo), similar pero no idéntico al que provoca una enfermedad letal en los perros y otros cánidos. Permanecía el misterio, ya que la enfermedad había sido más liviana en las costas poco contaminadas de Escocia.

-       Delfines: En los años noventa empezaron a aparecer muertos en las playas de Valencia delfines listados, que fueron aumentando en los meses de verano, no solo en Valencia sino también en Cataluña, Mallorca, las demás islas Baleares y por todo el Mediterráneo. Aunque el asesino resultó ser un virus de la familia de los destemperados (moquillo) parece que contó con un cómplice como indicó el biólogo marino de la universidad de Barcelona Alex Aguilar, que había encontrado en las muestras de los cadáveres en las playas niveles de PCBs dos o tres veces superiores a los de los delfines sanos.

-       Humanos. Esterilidad y cáncer testicular: En 1992 Niels Skakkebaek, especialista en reproducción de la universidad de Copenhague (Dinamarca) había observado que las anormalidades de los espermatozoides (dos cabezas, dos colas, sin cabeza, movimientos anormales, etc.) iban en aumento, mientras que su número estaba decreciendo, llegando a un descenso del 50% entre 1938 y 1990. Simultáneamente la incidencia de cáncer testicular había aumentado no

solo en Escandinavia sino también en otros países. Además, otras anomalías como el no descenso testicular (criptorquidia) o acortamiento de los conductos urinarios eran más frecuentes.

Debemos a Theo Colborn, como una Miss Marple de la ciencia, la labor de encajar todas las piezas del puzle para aclarar el misterio.


Tyrone Hayes y los efectos de la atrazina sobre los anfibios.

El experto en ranas Tyrone Hayes, fue contratado por la empresa Syngenta para estudiar los efectos del herbicida atrazina sobre los seres vivos.  Al carecer de protección durante el desarrollo embrionario, pues no disponen de la cascara del huevo de las aves ni de la placenta de los mamíferos, los anfibios son los animales más vulnerables y, por tanto, los más idóneos ya que en ellos es donde antes aparecen los efectos de cualquier sustancia tóxica.

La atrazina es un herbicida con actividad de disruptor endocrino, capaz de dañar nuestras hormonas y afectar negativamente a nuestra salud, incluso a dosis tan bajas como 1 parte entre 10.000 millones, equivalente a una gota en tres piscinas olímpicas, produjeron ranas con varios testículos y varios ovarios en el mismo ejemplar, además es un posible carcinógeno, con mayor evidencia en cáncer de mama y de próstata.

Se ha demostrado que cuando las ranas se exponen a la atrazina, algunos a pesar de ser genéticamente machos, se vuelven completamente hembras llegando a poner huevos.

  

El mecanismo por el que se producen estas alteraciones se debe a que la atrazina provoca un desequilibrio hormonal desastroso.

Los testículos producen la hormona masculina testosterona. La enzima aromatasa transforma la testosterona en estrógeno, que es la hormona femenina.

La atrazina activa a la aromatasa y aumenta la transformación de testosterona en estrógeno, produciendo una castración química y una feminización del sujeto, en el caso de los machos.

En las mujeres la mayoría de los cánceres de mama son estrógeno-dependientes de manera que los estrógenos, cuyos niveles aumentan a consecuencia de la aromatasa, potencian su desarrollo.


La misma empresa que vende la atrazina comercializa el letrozol, un fármaco utilizado en el tratamiento del cáncer de mama, ya que actúa inhibiendo la actividad de la aromatasa y frenando la producción de estrógeno.

La atrazina ha sido el mayor contaminante del agua subterránea, de consumo y de lluvia, llegando a verter 40.000 toneladas anuales.

Otro elemento relacionado con las hormonas es el bisfenol A que tiene un efecto estrogénico tan potente que se pensó en utilizarlo como estrógeno sintético. Esta sustancia se ha estado usando como material para la fabricación de los biberones en bebes. El BPA se filtra de los biberones a la leche, de manera que hemos estado administrando estrógeno sintético a los bebes.